El Articulo Informar al paciente también forma parte del tratamiento El audioprotesista debe preparar al paciente para comprender por qué, durante el verano, el rendimiento de sus audífonos y, con ello, la calidad de la audición que obtiene con ellos, pueden verse alterados temporalmente y ayudarle a interpretar correctamente esos síntomas cuando aparezcan. En esta época estival Gaceta Audio revisa las principales recomendaciones para el cuidado y mantenimiento de los audífonos durante el verano. Junto a estas medidas, existe otra intervención, menos evidente, pero de enorme valor clínico, que también forma parte de la práctica del audioprotesista: preparar al paciente para comprender por qué, durante el verano, el rendimiento de sus audífonos y, con ello, la calidad de la audición que obtiene con ellos, pueden verse alterados temporalmente y ayudarle a interpretar correctamente esos síntomas cuando aparezcan. Cada verano es habitual que numerosos pacientes acudan a consulta porque sienten que sus audífonos han dejado de funcionar correctamente. «oigo más bajo», «el sonido está apagado», «entiendo peor cuando hay ruido» o «a veces se para» son comentarios frecuentes durante estos meses. Aunque estos síntomas suelen estar relacionados con las condiciones ambientales y con determinados hábitos propios del verano, muchos pacientes los interpretan como un fallo del dispositivo o incluso de la propia adaptación. Esa interpretación genera preocupación, disminuye la confianza en los audífonos y puede llevar al paciente a cuestionar la eficacia de un tratamiento que, en realidad, continúa siendo adecuado. Además, el paciente no siempre percibe una disminución del volumen. Con frecuencia refiere que comprende peor en ambientes ruidosos. Esto puede explicarse porque las pequeñas alteraciones que las condiciones propias del verano generan en el comportamiento de los micrófonos afectan antes al rendimiento de los sistemas direccionales que a la amplificación. El audífono puede seguir proporcionando la ganancia prevista y, sin embargo, haber perdido parte de su capacidad para mejorar la relación señal-ruido, una de las funciones que más contribuyen a la comprensión del habla en situaciones de escucha complejas. Cada verano es habitual que numerosos pacientes acudan a consulta porque sienten que sus audífonos han dejado de funcionar correctamente. A partir de esta realidad, la información preventiva no debería limitarse a explicar cómo cuidar los audífonos. También debería incluir qué cambios pueden aparecer durante el verano, por qué se producen y cuándo deben hacer sospechar una avería real. Cuando el usuario sabe qué puede notar y comprende el origen de estos síntomas, los interpreta como una consecuencia esperable de las condiciones ambientales sobre un dispositivo electrónico, y no como un fallo de sus audífonos o de la adaptación realizada. Por ello, la información al paciente no debería limitarse al momento de la adaptación, sino formar parte del seguimiento habitual. Un recordatorio anual al comienzo del verano, mediante un correo electrónico, una publicación en el blog o en las redes del centro, o aprovechando una revisión programada durante las semanas previas al inicio del verano, permite reforzar estas recomendaciones cuando realmente van a ser necesarias. Además de reducir consultas y reparaciones evitables, esta intervención contribuye a mantener la confianza del paciente en sus audífonos y en el tratamiento auditivo. No obstante, no todos los pacientes necesitan ni pueden asimilar la misma información. Conocer durante la anamnesis o en las revisiones habituales su actividad laboral, sus hábitos de ocio o las actividades previstas para el verano permite identificar a aquellos usuarios que pueden beneficiarse de recomendaciones preventivas específicas. La prevención no consiste únicamente en informar, sino en proporcionar a cada paciente la información que realmente necesita, en el momento oportuno y de acuerdo con su estilo de vida. Anticiparse al problema, más que resolverlo cuando aparece, constituye una de las intervenciones preventivas de mayor valor que puede ofrecer el audioprotesista. Un recordatorio anual al comienzo del verano, mediante un correo electrónico, una publicación en el blog o en las redes del centro, o aprovechando una revisión programada durante las semanas previas al inicio del verano, permite reforzar estas recomendaciones cuando realmente van a ser necesarias. Las condiciones propias del verano pueden comprometer el funcionamiento de los audífonos. En el siguiente artículo explicamos qué factores representan un mayor riesgo y qué medidas pueden adoptar los usuarios para evitarlos. CV Autor Audióloga / Audioprotesista Directora de Audiología en Rv Alfa Centros Auditivos y Logopeda. Técnico Superior en Audiología Protésica. Diplomada en Logopedia. Habilitación Tinnitus & Hyperacusis Therapy MC. Experta en Acúfenos e Hiperacusia, tratamiento TRT, Audiología Infantil y Tercera Edad en RV Alfa Centros Auditivos y Logopedia. Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Sonia Bajo Transformación digital e investigación neurocognitiva. Hacia una audición funcional en ambientes ruidosos. La capacidad de comprender el habla en entornos acústicamente complejos representa uno de los desafíos más exigentes para el sistema auditivo humano. Durante décadas, la práctica clínica de la audiología se ha cimentado sobre la audiometría tonal pura como el «estándar de oro» para el diagnóstico. Sin embargo, esta prueba, realizada en el aislamiento de una cabina insonorizada y utilizando tonos puros, no logra capturar la realidad funcional de los pacientes. Es cada vez más común encontrar personas que, tras obtener un resultado de «audición normal» en las pruebas convencionales, informan de una frustrante incapacidad para seguir una conversación en un restaurante, una oficina, o una reunión familiar (Migliorelli et al., 2026). Esta desconexión entre la clínica y la vida real ha impulsado una transformación profunda en el campo, desplazando el enfoque hacia las pruebas de habla en ruido (Speech In Noise) y el estudio de los mecanismos neurobiológicos y cognitivos que permiten al ser humano extraer significado del caos sonoro. Uno de los avances más reveladores en la investigación reciente a este respecto es la comprensión de que la dificultad para oír en entornos ruidosos no nace exclusivamente en el oído, sino a menudo en la sofisticada maquinaria química del cerebro. La percepción del habla en ruido depende críticamente del equilibrio entre la excitación y la inhibición neuronal. Investigaciones de vanguardia han identificado al ácido gamma-aminobutírico (GABA), el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso, como una pieza clave en este rompecabezas. Es cada vez más común encontrar personas que, tras obtener un resultado de «audición normal» en las pruebas convencionales, informan de una frustrante incapacidad para seguir una conversación en un restaurante, una oficina, o una reunión familiar. Con el envejecimiento, los niveles de GABA en la corteza auditiva tienden a disminuir de manera significativa. Esta pérdida de inhibición provoca que las neuronas se vuelvan «hiperactivas» pero imprecisas, incapaces de filtrar las distracciones y separar las características finas del habla del murmullo de fondo. Se ha demostrado que los adultos mayores con niveles más bajos de GABA en la corteza auditiva derecha presentan un rendimiento notablemente inferior en pruebas de habla en ruido, independientemente de su umbral auditivo tonal (Paul, 2024). Este descubrimiento sugiere que el cerebro envejecido se vuelve, literalmente, demasiado «ruidoso» para procesar la información con claridad, lo que explica por qué la simple amplificación del sonido mediante audífonos a menudo resulta insuficiente para resolver el problema de la inteligibilidad. Además de la neuroquímica, la sincronía neuronal juega un papel determinante. Estudios que utilizan magnetoencefalografía (MEG) han observado que, en condiciones de ruido, el cerebro de los adultos mayores muestra una respuesta de estado estable auditiva (ASSR) a 40 Hz mucho más intensa y sincronizada que la de los jóvenes. Aunque a priori una mayor respuesta podría parecer positiva, en este contexto refleja una pérdida de selectividad; el cerebro intenta «agarrarse» a cualquier estímulo con tanta fuerza que acaba procesando el ruido con la misma intensidad que el habla, emborronando la señal que realmente importa (Paul, 2024). Uno de los avances más reveladores en la investigación reciente a este respecto es la comprensión de que la dificultad para oír en entornos ruidosos no nace exclusivamente en el oído, sino a menudo en la sofisticada maquinaria química del cerebro. Pero hay otro elemento relevante en la inteligibilidad en ruido: la cognición. Si el cerebro es el motor del procesamiento auditivo, la cognición es el combustible que permite mantener la marcha cuando la señal acústica se degrada. La investigación actual subraya que el rendimiento en la escucha difícil está íntimamente ligado a funciones ejecutivas como la memoria de trabajo y la atención selectiva. En adultos de mediana edad, la salud cognitiva global ha emergido como el predictor más sólido de la capacidad de entender frases en ruido, superando incluso a la edad cronológica o la exposición previa al ruido (Nayak et al., 2026). Un estudio detallado realizado con 76 adultos de entre 41 y 60 años reveló hallazgos fundamentales sobre esta relación. Utilizando la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA), los investigadores observaron que, en condiciones donde el habla y el ruido provienen de la misma ubicación (localizados ambos a 0° de azimut), la cognición era la única variable significativa que predecía el éxito en la percepción del habla (Nayak et al., 2026). Este modelo de regresión jerárquica mostró que el MoCA explicaba por sí solo el 14.8% de la varianza en el rendimiento, eclipsando factores como la educación, la actividad física o la salud mental. Estos datos sugieren que, a medida que las personas atraviesan su quinta y sexta década de vida, el sistema auditivo comienza a apoyarse de manera masiva en los recursos cognitivos para compensar declives periféricos que aún no son detectables en una audiometría estándar. Estudios que utilizan magnetoencefalografía (MEG) han observado que, en condiciones de ruido, el cerebro de los adultos mayores muestra una respuesta de estado estable auditiva (ASSR) a 40 Hz mucho más intensa y sincronizada que la de los jóvenes. Además, el estudio identificó una clara división entre los subgrupos de mediana edad. Los individuos en el rango de 51-60 años mostraron no solo puntuaciones de MoCA significativamente más bajas que el grupo de 41-50 años, sino también una reducción marcada en lo que se denomina «ventaja espacial» (la mejora en la comprensión cuando el ruido y el habla se separan físicamente). Esta desconexión sugiere que la capacidad de utilizar pistas espaciales para «limpiar» el ruido no disminuye de forma lineal año tras año, sino que parece sufrir un efecto de umbral o «punto de inflexión» al entrar en la sexta década. La educación también juega un papel indirecto: aunque se correlaciona positivamente con el MoCA, reforzando la reserva cognitiva, el factor cognitivo directo sigue siendo el determinante final del éxito en la escucha (Nayak et al., 2026). Como ya se ha evidenciado en otras ocasiones, la percepción del habla no es un evento puramente auditivo, sino un proceso multimodal donde la vista y el oído colaboran de forma inconsciente. La ciencia ha validado la experiencia cotidiana de leer los labios a través del principio de efectividad inversa: el beneficio de las pistas visuales aumenta proporcionalmente a medida que la señal auditiva se vuelve más débil o ruidosa (Hussain et al., 2026). La percepción del habla no es un evento puramente auditivo, sino un proceso multimodal donde la vista y el oído colaboran de forma inconsciente. La integración audiovisual puede proporcionar una ganancia equivalente a una mejora de hasta 15 dB en la relación señal-ruido. Este beneficio es tan potente que las nuevas metodologías de evaluación están incorporando humanos virtuales y avatares parlantes con movimientos sincronizados de labios, mandíbula y lengua para medir con precisión cómo cada individuo utiliza la lectura de labios. El uso de estas tecnologías, como el sistema MASSY (Modular Audiovisual Speech Syntetizer), permite controlar variables imposibles de estandarizar con hablantes reales, como el contraste labial o el tamaño de la cabeza. Entender quién es un «buen integrador audiovisual» y quién no, abre la puerta a estrategias de rehabilitación personalizadas que van más allá de la prótesis acústica tradicional. Por otra parte, la necesidad de democratizar y generalizar el acceso a la salud auditiva ha impulsado una revolución tecnológica en las herramientas de cribado. Las pruebas de Dígitos en Ruido (DIN), administradas a través de smartphones, se han convertido en la punta de lanza de esta transformación debido a su simplicidad y alta fiabilidad (Migliorelli et al., 2026). Al utilizar tríos de números en lugar de frases complejas, estas pruebas minimizan la influencia del nivel educativo y el vocabulario, permitiendo una evaluación rápida en entornos no clínicos. La integración audiovisual puede proporcionar una ganancia equivalente a una mejora de hasta 15 dB en la relación señal-ruido. La innovación tecnológica ha permitido el desarrollo de variantes como el DIN «antifásico», que aprovecha la ventaja binaural del cerebro al presentar el habla y el ruido en diferentes fases. Esta modalidad ha demostrado ser extremadamente sensible para detectar no solo pérdidas auditivas generales, sino también configuraciones específicas como la pérdida auditiva unilateral o conductiva. Además, el uso de la Inteligencia Artificial y el aprendizaje automático (machine learning) está permitiendo analizar no solo si el paciente acierta, sino también su tiempo de reacción y patrones demográficos para clasificar la pérdida auditiva con precisiones superiores al 85%. Marcos tecnológicos como ALADDIN (Automatic Language-independent Development of the Digits-in-Noise test) ya permiten generar automáticamente materiales de prueba en múltiples idiomas utilizando tecnologías de texto a voz (TTS) y reconocimiento de voz automático (ASR), eliminando las barreras lingüísticas que históricamente han limitado la investigación global. Estos avances en la comprensión de la escucha en ruido tienen implicaciones críticas para grupos con necesidades especiales. En la población pediátrica, los niños con implantes cocleares se enfrentan a un enorme desafío: las aulas escolares a menudo presentan niveles de ruido que superan los 65 dbA, muy por encima de lo recomendado para el aprendizaje incidental. La implementación de algoritmos de gestión de ruido basados en clasificadores, que analizan el entorno en tiempo real para ajustar la direccionalidad de los micrófonos, ha demostrado mejoras asombrosas de hasta 47.1 puntos porcentuales en la percepción de frases en ruido para estos niños (Findlen et al., 2025). Estos sistemas inteligentes actúan como un filtro dinámico que libera al niño de la fatiga mental que supone luchar contra el ruido de fondo. El uso de la Inteligencia Artificial y el aprendizaje automático (machine learning) está permitiendo analizar no solo si el paciente acierta, sino también su tiempo de reacción y patrones demográficos para clasificar la pérdida auditiva con precisiones superiores al 85%. Por otro lado, la investigación ha derribado mitos importantes sobre la pérdida auditiva conductiva y la inteligibilidad. Tradicionalmente, la pérdida auditiva conductiva o de transmisión se consideraba un simple problema de «atenuación» o volumen que se resolvía subiendo la intensidad del sonido. Sin embargo, estudios recientes revelan que los déficits de inteligibilidad en ruido en pacientes con hipoacusia conductiva son profundos y no se explican solo por la audibilidad (Seyrek et al., 2026). El factor clave aquí es la física de la transmisión sonora: la hipoacusia conductiva introduce un retraso de fase en las señales acústicas que llegan al oído interno, lo que altera la precisión de los mecanismos de fijación de fase (phase-locking) en las fibras del nervio coclear (Seyrek et al., 2026). Esta distorsión afecta específicamente a la capacidad del cerebro para procesar la estructura fina temporal (TFS) de los sonidos. Sin una TFS íntegra, el sistema auditivo no puede separar eficazmente la voz del interlocutor del ruido de fondo, incluso si el sonido es amplificado quirúrgica o electrónicamente. Seyrek et al. (2026) descubrieron que las brechas aire-hueso en las frecuencias bajas (500 y 1.000 Hz) tienen un impacto mucho más devastador en el umbral de recepción del habla (SRT) en ruido que las brechas en frecuencias altas. Esto se debe a que las bajas frecuencias son las principales portadoras de la información de fase y la envolvente temporal necesarias para la segregación de fuentes sonoras. Además, la privación prolongada de entrada sonora de baja frecuencia puede inducir una reorganización anómala en las vías auditivas centrales, un fenómeno de plasticidad por deprivación que reduce la sincronía neuronal y eleva los umbrales de procesamiento en los centros superiores del cerebro. Estos hallazgos subrayan que tratar una otitis crónica o una otosclerosis no es solo cuestión de recuperar decibelios, sino de restaurar la integridad temporal de la señal para que el cerebro pueda «limpiar» el caos acústico. Finalmente, la vanguardia de la audiología se centra en la intervención. Si el cerebro posee plasticidad, ¿podemos entrenarlo para oír mejor en el ruido?. Cada vez más, la respuesta parece ser un rotundo sí. Se están validando programas de desensibilización al ruido que utilizan listas graduadas de estímulos mezcladas con ruidos de la vida diaria, como el murmullo de una cafetería o el sonido de un ventilador. En la población pediátrica, los niños con implantes cocleares se enfrentan a un enorme desafío: las aulas escolares a menudo presentan niveles de ruido que superan los 65 dbA, muy por encima de lo recomendado para el aprendizaje incidental. Susmitha y Selvi (2026) desarrollaron un programa en lengua tamil que utiliza 50 actividades diseñadas para aumentar progresivamente la complejidad acústica, moviéndose desde relaciones señal-ruido favorables (+15 dB) hasta condiciones extremadamente difíciles (-5 dB). El estudio reveló que la dificultad no solo depende del volumen del ruido, sino de su naturaleza: el ruido de cafetería y el murmullo de una sola persona (single-speech babble) resultaron ser mucho más difíciles de filtrar que el ruido blanco o el de un ventilador, debido a su fluctuación de amplitud y su interferencia lingüística. Este tipo de entrenamiento busca «recalibrar» el sistema auditivo, enseñando al cerebro a ignorar la información irrelevante y a enfocarse en la señal diana. Los programas, realizados preferiblemente en la lengua nativa del paciente, no solo mejoran los umbrales de recepción del habla, sino que también aumentan la confianza subjetiva y reducen el esfuerzo de escucha percibido. En conclusión, la ciencia actual de la escucha en ruido nos obliga a redefinir nuestra concepción de la salud auditiva. Ya no es suficiente saber cuánto oye un paciente en silencio; debemos entender cómo funciona su sistema auditivo en la complejidad del mundo real. Las lecciones de la última década son claras: el diagnóstico debe ser funcional y multimodal, la salud cognitiva es inseparable de la auditiva, y la tecnología digital junto con la IA son nuestras mejores aliadas para llevar estas soluciones a toda la población. Ya no es suficiente saber cuánto oye un paciente en silencio; debemos entender cómo funciona su sistema auditivo en la complejidad del mundo real. Entender el habla en ruido es, en última instancia, el examen final de nuestra capacidad comunicativa. Los avances en neuroquímica, inteligencia artificial y procesamiento de señales aseguran que, en un futuro cercano, la integración de estos hallazgos permitirá una audiología más personalizada, capaz de tratar no solo el oído, sino al sistema de comunicación humano en toda su complejidad. Bibliografía: Banks, R., Greene, B. R., Morrow, I., Ciesla, M., Woolever, D., Tobyne, S., Gomes-Osman, J., Jannati, A., Showalter, J., & Bates, D. (2024). Digital speech hearing screening using a quick novel mobile hearing impairment assessment: An observational correlation study. Scientific Reports, 14(21157). https://doi.org/10.1038/s41598-024-78157-w Findlen, U. M., Jayne, A., Benedict, J., Dwyer, R. T., & Agrawal, S. (2025). Improvements in Pediatric Speech Perception in Noise Using Classifier-Based Noise Management. American Journal of Audiology. https://doi.org/10.1044/2025_AJA-25-00015 Hussain, A., Goman, A. M., Gogate, M., Dashtipour, K., Kirton-Wingate, J., Hussain, Z., Sheikh, A., Akeroyd, M. A., & Hussain, A. (2026). Audio-visual speech-in-noise tests for evaluating speech reception thresholds: A scoping review.PLoS ONE, 21(1), e0338600. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0338600 Migliorelli, A., Manuelli, M., Visentin, C., Bianchini, C., Stomeo, F., Pelucchi, S., Prodi, N., & Ciorba, A. (2026). Emerging speech-in-noise tools for the assessment of hearing loss: A scoping review. Audiology Research, 16, 2. Nayak, P., Pillai, S., & Palaniswamy, H. P. (2026). Influence of age on speech-in-noise and spatial processing abilities in middle-aged adults. PLoS ONE, 21(1), e0341169. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0341169 Paul, B. T. (2024). To the Brain and Back: A Potential Role for GABA in Speech-In-Noise Perception and Aging. Canadian Audiologist, 11(3). Seyrek, M., Kabiş, B., Özbilen, S., & Gündüz, B. (2026). Evaluating Speech-in-Noise Deficits in Conductive Hearing Loss: The Underestimated Role of Low-Frequency Air-Bone Gaps. ORL. https://doi.org/10.1159/000550374 Susmitha, C., & Selvi, T. M. (2026). Development of a Noise Desensitization Program to improve speech perception in noise for adults.Research Square. https://doi.org/10.21203/rs.3.rs-8268562/v1 Yamamoto, Y., Sasame, Y., & Obuchi, C. (2026). Listening performance in background noise and subjective hearing: A comparison among young adults, older adults, and adults with listening difficulties. Journal of Otology, 21, 1–6. https://doi.org/10.26599/JOTO.2026.9540045 CV Autor Audióloga / Audioprotesista Licenciada en Pedagogía y Máster de Logopedia. Técnico Superior en Audiología Protésica. Especializada en Audiología Infantil y Evaluación de los trastornos del PAC en RV Alfa Centros Auditivos. Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Myriam González Otosclerosis: diagnóstico audiológico y timpanométrico Desde el punto de vista audiológico, la otosclerosis resulta especialmente interesante porque combina datos clínicos, audiométricos y timpanométricos que permiten orientar la sospecha diagnóstica. La presencia de una hipoacusia progresiva, un gap aéreo-óseo, una timpanometría compatible con rigidez del sistema tímpano-osicular y la ausencia o alteración del reflejo estapedial son hallazgos que, integrados adecuadamente, pueden orientar hacia esta patología. No obstante, el diagnóstico definitivo y la indicación terapéutica corresponden al especialista en Otorrinolaringología. El papel del profesional de la audición es fundamental en la detección, interpretación inicial, orientación del caso, seguimiento y adaptación audioprotésica cuando esté indicada. Concepto y características de la otosclerosis La otosclerosis se produce por una alteración del remodelado óseo en la cápsula ótica. En condiciones normales, esta región presenta un recambio óseo muy limitado. Sin embargo, en la otosclerosis aparecen focos de reabsorción y formación ósea anómala que pueden alterar la transmisión del sonido. La otosclerosis es una patología del hueso temporal caracterizada por un remodelado óseo anómalo de la cápsula laberíntica. Aunque puede permanecer asintomática durante un tiempo, cuando afecta a la región de la ventana oval y condiciona la movilidad del estribo puede producir una hipoacusia conductiva progresiva. Clásicamente se describen dos fases. En una fase inicial, denominada otospongiosis, el hueso presenta mayor actividad vascular y reabsorción. Posteriormente, puede evolucionar hacia una fase más esclerótica, con formación de hueso más denso y rígido. Cuando este proceso afecta a la zona próxima a la ventana oval, puede limitar la movilidad del estribo y dificultar la transmisión de la energía sonora hacia el oído interno. La forma más frecuente es la otosclerosis fenestral, asociada a la afectación de la región anterior a la ventana oval. También puede existir afectación retrofenestral o coclear, menos frecuente, en la que el proceso se extiende hacia la cápsula coclear y puede contribuir a un componente neurosensorial. Clínicamente, la otosclerosis suele manifestarse como una hipoacusia progresiva, con frecuencia bilateral aunque no siempre simétrica. Puede aparecer en adultos jóvenes y es más habitual en mujeres. También se ha relacionado con antecedentes familiares, factores hormonales y cierta predisposición genética, aunque su etiología exacta no está completamente aclarada. Entre los síntomas más frecuentes se encuentran la pérdida auditiva progresiva y los acúfenos. En algunos pacientes puede aparecer la denominada paracusia de Willis, fenómeno por el cual la persona refiere entender mejor en ambientes ruidosos. La otoscopia suele ser normal, lo que hace que las pruebas audiológicas sean especialmente relevantes para orientar la sospecha clínica. Diagnóstico audiológico: la importancia del gap aéreo-óseo La audiometría tonal liminar es una prueba básica en la evaluación de la otosclerosis. Permite medir los umbrales auditivos por vía aérea y por vía ósea, y comparar ambos resultados. En fases iniciales, la otosclerosis suele producir una hipoacusia conductiva progresiva. Esto significa que la vía aérea se encuentra alterada, mientras que la vía ósea puede estar relativamente conservada. La diferencia entre ambas vías se denomina gap aéreo-óseo y refleja una alteración en el mecanismo de transmisión del sonido a través del oído externo o medio. En la otosclerosis, este gap se debe habitualmente a la fijación progresiva del estribo. Al no moverse adecuadamente, la cadena tímpano-osicular pierde eficacia para transmitir la vibración sonora hacia la cóclea. Un hallazgo clásico en la audiometría tonal es la muesca de Carhart, que consiste en una elevación aparente del umbral por vía ósea, especialmente alrededor de 2000 Hz. No representa necesariamente una lesión coclear real, sino un efecto mecánico asociado a la alteración de la resonancia de la cadena osicular por la fijación estapedial. Con la evolución de la enfermedad, algunos pacientes pueden presentar una hipoacusia mixta, en la que se combina el componente conductivo con un componente neurosensorial. Por ello, el seguimiento audiométrico resulta importante para valorar la evolución del caso. Audiometría verbal La audiometría verbal permite valorar la capacidad del paciente para reconocer y comprender estímulos del habla. En la otosclerosis inicial, cuando la cóclea y la vía neural se encuentran conservadas, la discriminación verbal suele ser relativamente buena si se presenta el estímulo a una intensidad suficiente. Este dato es clínicamente útil. Una buena discriminación verbal en presencia de un gap aéreo-óseo orienta hacia un componente de transmisión. Por el contrario, una discriminación verbal muy reducida y desproporcionada respecto al grado de pérdida auditiva obligaría a considerar otras posibilidades diagnósticas, como una afectación coclear avanzada o una alteración retrococlear. Por tanto, la audiometría verbal no sustituye a la audiometría tonal, pero aporta información funcional clave. No solo ayuda a interpretar el tipo de pérdida auditiva, sino también a valorar el posible beneficio de una intervención quirúrgica o audioprotésica. Diagnóstico timpanométrico La timpanometría es una prueba objetiva que analiza la movilidad del sistema tímpano-osicular ante cambios de presión en el conducto auditivo externo. En un oído medio funcional, el resultado suele corresponder a un timpanograma tipo A, con presión y compliancia dentro de rangos normales. En la otosclerosis, especialmente cuando existe fijación estapedial, puede observarse un timpanograma tipo As. Este patrón mantiene un pico centrado, pero con compliancia reducida, lo que indica rigidez del sistema tímpano-osicular. Es importante señalar que en fases iniciales la timpanometría puede ser normal. Por ello, un timpanograma tipo A no descarta por completo la otosclerosis si el resto de datos clínicos y audiométricos son sugestivos. La interpretación debe realizarse siempre de forma integrada, teniendo en cuenta la audiometría tonal, la clínica, la exploración y el reflejo estapedial. Reflejo estapedial El reflejo estapedial consiste en la contracción involuntaria del músculo del estribo ante estímulos sonoros intensos. Su valoración aporta información sobre la función del oído medio, la movilidad del estribo y la integridad de determinadas vías auditivas. En la otosclerosis, la fijación progresiva del estribo suele provocar ausencia del reflejo estapedial. En fases tempranas puede aparecer un fenómeno denominado efecto on-off, en el que la respuesta se observa al inicio y al final del estímulo, pero no se mantiene de forma estable durante toda la presentación sonora. Colocación del diapasón en el vértex para valorar la lateralización del sonido presentando el estímulo por vía ósea para la prueba de Weber. La otosclerosis puede sospecharse mediante la integración de la clínica, la audiometría tonal, la timpanometría y el estudio del reflejo estapedial. La ausencia del reflejo estapedial, asociada a un gap aéreo-óseo y a una timpanometría normal o tipo As, refuerza la sospecha de otosclerosis. Sin embargo, este dato no debe interpretarse de forma aislada, ya que otras alteraciones del oído medio también pueden modificar el reflejo. Enfoque clínico La sospecha de otosclerosis se apoya en la integración de varios hallazgos. Desde el punto de vista clínico, suele observarse una hipoacusia progresiva, generalmente de transmisión en las fases iniciales, con otoscopia normal y posible presencia de acúfenos. La acumetría con diapasones puede aportar información orientativa antes de la audiometría. En una hipoacusia conductiva, el test de Rinne puede ser negativo en el oído afectado, lo que indica que la vía ósea se percibe mejor que la vía aérea. El test de Weber, por su parte, suele lateralizar hacia el oído con mayor componente conductivo. Colocación del diapasón por vía aérea primero y luego por vía ósea para la prueba de Rinne. Estas pruebas no sustituyen a la audiometría tonal ni a la timpanometría, pero siguen teniendo valor como exploración clínica inicial. Permiten orientar el tipo de pérdida auditiva y ayudan a decidir qué pruebas audiológicas deben realizarse a continuación. Clínicamente, la otosclerosis suele manifestarse como una hipoacusia progresiva, con frecuencia bilateral aunque no siempre simétrica. A modo de síntesis, la Tabla 1 recoge los principales hallazgos clínicos, audiométricos y timpanométricos que pueden orientar la sospecha de otosclerosis. Aplicación audiológica y opciones de intervención Una vez integrada la información clínica, audiométrica y timpanométrica, el paciente con sospecha de otosclerosis debe ser derivado para valoración otorrinolaringológica. El estudio médico permitirá confirmar el diagnóstico, valorar la evolución y decidir la opción terapéutica más adecuada. En la otosclerosis inicial, cuando la cóclea y la vía neural se encuentran conservadas, la discriminación verbal suele ser relativamente buena si se presenta el estímulo a una intensidad suficiente. Las principales alternativas son la cirugía y la adaptación audioprotésica. La cirugía, habitualmente mediante estapedotomía o estapedectomía, busca restablecer la transmisión sonora hacia el oído interno mediante la colocación de una prótesis que sustituye funcionalmente al estribo fijado. Suele considerarse cuando existe un gap aéreo-óseo significativo y las condiciones clínicas son favorables. Los estudios sobre cirugía del estribo muestran que, en pacientes seleccionados, puede obtenerse una mejoría audiológica relevante tras la intervención (Verde-Lizárraga et al., 2024). La adaptación audioprotésica es una opción adecuada cuando el paciente no desea cirugía, cuando esta no está indicada o cuando persiste pérdida auditiva tras el tratamiento quirúrgico. En muchos casos, al existir una reserva coclear relativamente conservada, el audífono puede ofrecer un buen rendimiento funcional, especialmente si se ajusta de forma individualizada y se realiza seguimiento. El seguimiento audiológico es esencial. Permite valorar la evolución de los umbrales auditivos, detectar la aparición de un componente neurosensorial, ajustar la adaptación protésica cuando sea necesario y acompañar al paciente en la toma de decisiones. Conclusiones La otosclerosis es una patología de la cápsula ótica/hueso temporal con gran interés audiológico, especialmente cuando afecta a la movilidad del estribo y genera una alteración de la transmisión sonora. El gap aéreo-óseo, la posible muesca de Carhart, la timpanometría tipo As y la ausencia del reflejo estapedial son hallazgos que, interpretados de forma conjunta, pueden orientar el diagnóstico. La audiometría verbal ayuda a valorar la repercusión funcional de la pérdida auditiva y la posible reserva coclear del paciente. Por su parte, la acumetría con diapasones sigue siendo útil como herramienta clínica orientativa. Desde el punto de vista clínico, suele observarse una hipoacusia progresiva, generalmente de transmisión en las fases iniciales, con otoscopia normal y posible presencia de acúfenos. El diagnóstico definitivo y la indicación terapéutica corresponden al especialista en Otorrinolaringología, pero el profesional de la audición desempeña un papel clave en la detección, orientación, seguimiento y adaptación audioprotésica. Una evaluación adecuada permite actuar de forma temprana y contribuir a mantener la comunicación y la calidad de vida del paciente. Bibliografía: Alvarado, N. C., Dávila Solórzano, L. B., Vera Hinojosa, J. A., & Flores Flores, K. L. (2019). Estructura y genética de la otosclerosis. RECIMUNDO: Revista Científica de la Investigación y el Conocimiento, 3(2), 372–389. Casas, J. S., Rodríguez, D. D., Miranda, G., & de Grazia, J. A. (2016). Otosclerosis: A review of aetiopathogenic, clinical-demographic and imaging aspects. Revista Chilena de Radiología, 22(3), 108–113. 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Guía de práctica clínica sobre el diagnóstico y tratamiento de la otosclerosis. Souza, C., Goycoolea, M., & Sperling, N. (2014). Otosclerosis: Diagnosis, evaluation, pathology, surgical techniques, and outcomes. Plural Publishing. Verde-Lizárraga, C., Lugo-Machado, J. A., Sainz-Fuentes, N., Quintero-Bauman, A., Jiménez-Rodríguez, M., Canche-Martín, E. M., & Reina-Loaiza, J. R. (2024). Ganancia auditiva en pacientes intervenidos de cirugía del estribo por otosclerosis. Revista ORL, 15(1), 19–27. Autores Dayana Nicole Bernal Acapana Jorge Utrilla Rodríguez Riham Laroub Igalla. Coordinación docente: Javier Povedano Montero, PhD. Asignatura: Técnicas de Acústica y Audiometría. Grado en Óptica y Optometría. UCM Presbiacusia: más allá del audiograma La presbiacusia se define como una hipoacusia neurosensorial progresiva, generalmente bilateral y simétrica, asociada al envejecimiento. Se caracteriza por una afectación predominante de las frecuencias agudas y por una dificultad creciente para comprender el habla, especialmente en ambientes con ruido de fondo o en conversaciones con varios interlocutores. Su prevalencia aumenta con la edad y constituye un problema relevante de salud pública en el contexto del envejecimiento poblacional, tanto por su frecuencia como por sus repercusiones sobre la comunicación, la participación social y la calidad de vida (World Health Organization, 2021; Ministerio de Sanidad, 2020). Aunque tradicionalmente se ha evaluado mediante la audiometría tonal liminar, la experiencia clínica demuestra que el audiograma no siempre explica por completo la queja del paciente. Muchas personas mayores refieren una frase muy habitual: «oigo, pero no entiendo». Esta expresión resume bien la complejidad de la presbiacusia, ya que no solo implica una reducción de la sensibilidad auditiva, sino también alteraciones en la discriminación del habla, en el procesamiento temporal del sonido y en el esfuerzo cognitivo necesario para mantener una conversación. Por ello, la presbiacusia debe entenderse desde una perspectiva amplia. No se trata únicamente de medir cuántos decibelios ha perdido una persona en cada frecuencia, sino de comprender cómo esa pérdida afecta a su comunicación, a su autonomía y a su vida cotidiana. Diversos autores han señalado la necesidad de integrar la valoración audiológica clásica con una interpretación funcional más amplia del paciente (Cañete & Manrique, 2018; García Callejo & Martínez-Beneyto, 2016; González & Rivas, 2019). Características generales de la presbiacusia El patrón audiométrico más frecuente en la presbiacusia es una pérdida progresiva en las frecuencias agudas. Esta afectación tiene una repercusión directa sobre la percepción del habla, ya que muchas consonantes —fundamentales para la inteligibilidad— contienen información acústica en altas frecuencias. Como consecuencia, El patrón audiométrico más frecuente en la presbiacusia es una pérdida progresiva en las frecuencias agudas. Esta afectación tiene una repercusión directa sobre la percepción del habla, ya que muchas consonantes —fundamentales para la inteligibilidad— contienen información acústica en altas frecuencias. En estos contextos, la escucha requiere más atención y puede aparecer fatiga auditiva. La presbiacusia no aparece de la misma forma en todos los pacientes. En algunos casos predomina el daño coclear sensorial; en otros pueden tener más peso los cambios metabólicos, neurales o centrales. Esta variabilidad explica por qué dos personas con audiogramas parecidos pueden presentar dificultades comunicativas muy diferentes. Más allá del umbral auditivo La audiometría tonal liminar es una prueba básica e imprescindible. Permite conocer los umbrales auditivos por frecuencia y estimar el grado de pérdida auditiva. Sin embargo, detectar un sonido puro en una cabina audiométrica no equivale necesariamente a comprender el habla en la vida real. La comunicación cotidiana es mucho más compleja. El habla es una señal dinámica, rápida y variable. Además, suele producirse en presencia de ruido ambiental, reverberación, distancia, enmascaramiento por otras voces o fatiga atencional. Por este motivo, una persona puede presentar unos umbrales auditivos relativamente conservados y, aún así, tener una dificultad importante para seguir conversaciones. En la presbiacusia intervienen varios mecanismos: Pérdida de sensibilidad auditiva. Reducción de la discriminación frecuencial. Alteración de la resolución temporal, cambios en la sincronía neural. Mayor esfuerzo cognitivo para interpretar el habla. Dificultad para separar la voz principal del ruido de fondo. El envejecimiento auditivo puede afectar a la capacidad del sistema auditivo para procesar señales acústicas complejas y cambios rápidos en el sonido. Esto repercute directamente en la comprensión del habla, especialmente en ambientes ruidosos (Bharadwaj et al., 2021; Parthasarathy et al., 2020). La comunicación cotidiana es mucho más compleja. El habla es una señal dinámica, rápida y variable. Además, suele producirse en presencia de ruido ambiental, reverberación, distancia, enmascaramiento por otras voces o fatiga atencional. Estos factores explican por qué el audiograma debe considerarse una parte fundamental de la evaluación, pero no el único elemento para valorar el impacto real de la pérdida auditiva. Bases fisiopatológicas La presbiacusia tiene un origen multifactorial. Puede relacionarse con: La degeneración progresiva de las células ciliadas. Cambios en la estría vascular. Alteraciones en las sinapsis cocleares. Afectación de las fibras del nervio auditivo. Modificaciones en las vías auditivas centrales. Tradicionalmente se han descrito distintos perfiles de presbiacusia, como la sensorial, la neural, la metabólica, la mecánica o la central. En la práctica clínica, estos perfiles no siempre aparecen de forma aislada, sino que pueden coexistir en un mismo paciente. La afectación de las células ciliadas externas reduce la sensibilidad y la selectividad frecuencial. La alteración neural puede dificultar la codificación precisa de la señal auditiva. Los cambios centrales, por su parte, pueden afectar a la capacidad de procesar información acústica compleja, especialmente cuando el entorno no es favorable. La evidencia reciente ha puesto especial atención en fenómenos como la sinaptopatía coclear y la desincronía neural, que pueden contribuir a explicar por qué algunos pacientes presentan una dificultad comunicativa superior a la esperada según sus umbrales tonales (Kujawa & Liberman, 2021; Parthasarathy et al., 2020; Varela-Nieto & Rivera, s.f.). Esta combinación de factores hace que la presbiacusia sea una condición auditiva y comunicativa compleja, en la que no basta con describir el grado de pérdida auditiva, también es necesario valorar cómo el paciente utiliza la información auditiva disponible y qué dificultades encuentra en su vida diaria. Impacto clínico y funcional La presbiacusia no afecta únicamente a la audición. También puede tener consecuencias sobre la comunicación, la participación social, el estado emocional y el rendimiento cognitivo. Cuando la señal auditiva llega degradada, el cerebro necesita dedicar más recursos a descifrar el mensaje. Este aumento del esfuerzo de escucha puede provocar cansancio, frustración y evitación de situaciones sociales. En muchos casos, el paciente deja de participar en conversaciones porque le resulta difícil seguir el ritmo, especialmente en grupos o en ambientes ruidosos. La pérdida auditiva no tratada se ha asociado con aislamiento social, menor participación comunicativa y mayor riesgo de deterioro cognitivo, por lo que se considera un factor relevante dentro del envejecimiento saludable (Livingston et al., 2020; Slade et al., 2020; World Health Organization, 2021). Otro fenómeno relevante es el tinnitus. La reducción de la entrada auditiva periférica puede favorecer cambios compensatorios en la actividad del sistema auditivo central, lo que podría contribuir a la aparición o intensificación de acúfenos en algunos pacientes. Desde esta perspectiva, la presbiacusia no debe abordarse únicamente como una pérdida de audibilidad, sino como una condición con repercusión funcional. El objetivo no es solo que el paciente oiga más, sino que pueda comunicarse mejor. El aumento del esfuerzo de escucha puede provocar cansancio, frustración y evitación de situaciones sociales. En muchos casos, el paciente deja de participar en conversaciones porque le resulta difícil seguir el ritmo, especialmente en grupos o en ambientes ruidosos. Aplicación audiológica La evaluación audiológica de la presbiacusia debe combinar pruebas subjetivas y objetivas. La audiometría tonal permite cuantificar la pérdida auditiva, pero debe complementarse con pruebas que ayuden a interpretar la función comunicativa real del paciente. La audiometría verbal es especialmente relevante, ya que permite valorar la capacidad de reconocimiento del habla. Siempre que sea posible, resulta recomendable explorar la comprensión verbal no solo en silencio, sino también en condiciones de ruido, ya que es ahí donde muchos pacientes manifiestan sus principales dificultades. La timpanometría ayuda a descartar alteraciones del oído medio que puedan coexistir con la pérdida neurosensorial. Las otoemisiones acústicas pueden aportar información sobre la función de las células ciliadas externas, y los potenciales evocados auditivos del tronco cerebral pueden ser útiles en casos seleccionados para valorar la sincronía neural y la transmisión de la señal auditiva. La evaluación audiológica debe integrar audiometría tonal, audiometría verbal, pruebas objetivas y valoración funcional, con el objetivo de comprender no sólo el grado de pérdida auditiva, sino también su impacto sobre la comunicación cotidiana (Huarte, 2017; González & Rivas, 2019; Pérez Moríñigo, 2024). Además de las pruebas audiológicas, es fundamental escuchar la queja del paciente. Preguntas sencillas sobre situaciones cotidianas —reuniones familiares, conversaciones telefónicas, televisión, ruido en restaurantes o cansancio al escuchar— pueden aportar información clave para orientar la intervención. A modo de síntesis, la Tabla 1 resume las principales pruebas audiológicas que pueden utilizarse en la evaluación de la presbiacusia y su utilidad clínica. Intervención y seguimiento La intervención audiológica debe adaptarse a las necesidades de cada persona. En muchos casos, la adaptación de audífonos es una herramienta fundamental para mejorar la audibilidad y favorecer la comunicación. Sin embargo, la amplificación por sí sola no siempre resuelve todas las dificultades, especialmente cuando existe una alteración importante de la comprensión en ruido o un elevado esfuerzo de escucha. La audiometría verbal es especialmente relevante, ya que permite valorar la capacidad de reconocimiento del habla. Siempre que sea posible, resulta recomendable explorar la comprensión verbal no solo en silencio, sino también en condiciones de ruido, ya que es ahí donde muchos pacientes manifiestan sus principales dificultades. Por ello, el abordaje puede incluir orientación comunicativa, entrenamiento auditivo, estrategias para mejorar la escucha en ambientes complejos y seguimiento continuado. También es importante implicar al entorno familiar, ya que pequeños cambios en la comunicación pueden mejorar notablemente la participación del paciente. Entre estas estrategias se incluyen hablar de frente, reducir el ruido ambiental cuando sea posible, vocalizar sin exagerar, respetar los turnos de conversación y comprobar que el mensaje ha sido comprendido. Estas medidas, aunque sencillas, pueden tener un impacto importante en la vida diaria. Conclusiones La presbiacusia es mucho más que una pérdida auditiva medida en el audiograma. Su impacto real se manifiesta en la dificultad para comprender el habla, especialmente en ruido, en el aumento del esfuerzo de escucha y en la reducción de la participación social. Por este motivo, la evaluación audiológica debe ir más allá de los umbrales tonales. Integrar audiometría verbal, pruebas objetivas, valoración funcional y escucha activa de la queja del paciente permite comprender mejor sus necesidades y orientar una intervención más eficaz. El objetivo final no debe limitarse a mejorar la audibilidad, sino a facilitar una comunicación más cómoda, reducir el esfuerzo auditivo y favorecer un envejecimiento más activo y participativo. Bibliografía: Bharadwaj, H. M., Verhulst, S., Shaheen, L., Liberman, M. C., & Shinn-Cunningham, B. (2021). Auditory processing in aging: Temporal resolution and neural synchrony. Trends in Hearing, 25, 1–20. Cañete, O., & Manrique, M. (2018). Presbiacusia: actualización y manejo clínico. Revista ORL, 9(2), 75–84. García Callejo, F. 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Presbiacusia: concepto y manifestaciones audiológicas. SAERA. Slade, K., Plack, C. J., & Nuttall, H. E. (2020). The effects of age-related hearing loss on cognitive decline. The Lancet Healthy Longevity, 1(1), e12–e22. Varela-Nieto, I., & Rivera, T. (s.f.). Presbiacusia. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. World Health Organization. (2021). World report on hearing. World Health Organization. Autores Lucía Cirujano Burgos Nelly Michelle Burgoa Achá Dilan Revilla Torrez Coordinación docente: Javier Povedano Montero, PhD. Asignatura: Técnicas de Acústica y Audiometría. Grado en Óptica y Optometría. UCM Biomarcadores corticales (CAEP) en la verificación y el pronóstico de la rehabilitación auditiva infantil La hipoacusia infantil representa una de las condiciones más críticas para el neurodesarrollo, con una prevalencia global estimada de entre 1 y 2 por cada 1000 recién nacidos. La importancia de una intervención temprana es un hecho ampliamente aceptado en la comunidad científica, dado que la privación auditiva durante los periodos de máxima plasticidad cerebral tiene efectos negativos profundos y a menudo irreversibles en la adquisición del lenguaje, el desarrollo cognitivo y las habilidades socioemocionales del niño. Gracias a los programas de tamizaje auditivo neonatal universal, se ha logrado reducir la edad media de diagnóstico de la pérdida auditiva a aproximadamente tres meses de vida. No obstante, una vez detectada la pérdida auditiva, el mayor desafío clínico reside en la verificación y validación precisa de las ayudas para dicha pérdida, como los audífonos y los implantes cocleares, especialmente en lactantes y niños pequeños que por diferentes circunstancias (patología asociada, maduración, etc.) no pueden cooperar en las pruebas conductuales tradicionales. Las pruebas de audiometría conductual estándar, aunque fiables y absolutamente esenciales, dependen de las habilidades cognitivas, el estado de alerta y la cooperación del niño, así como de la experiencia y conocimientos del examinador. Gracias a los programas de tamizaje auditivo neonatal universal, se ha logrado reducir la edad media de diagnóstico de la pérdida auditiva a aproximadamente tres meses de vida. Tradicionalmente, para obtener registros objetivos del funcionamiento de la vía auditiva, se han utilizado respuestas evocadas de latencia corta como los Potenciales Evocados Auditivos de Tronco Cerebral (PEATC) o los Potenciales Evocados Auditivos de Estado Estable (PEAEE), que permiten estimar aproximaciones a los umbrales auditivos en algunos casos. No obstante, ambos presentan limitaciones instrumentales significativas para evaluar la eficacia de la amplificación, principalmente porque los estímulos breves que utilizan no logran activar los circuitos de compresión y procesamiento de lenguaje de los dispositivos modernos. Las pruebas de audiometría conductual estándar, aunque fiables y absolutamente esenciales, dependen de las habilidades cognitivas, el estado de alerta y la cooperación del niño, así como de la experiencia y conocimientos del examinador. En este contexto, los Potenciales Evocados Auditivos de Larga Latencia o Corticales (CAEP) han emergido como una herramienta neurofisiológica objetiva de gran valor. Al registrar directamente la actividad de la corteza auditiva primaria y las áreas de asociación, los CAEP permiten verificar no solo si el sonido es detectado por el oído periférico, sino si éste es procesado efectivamente por el cerebro del niño. Numerosas investigaciones se han centrado en estudiar en qué medida los CAEP pueden transformar el proceso de rehabilitación, desde la estimación de los umbrales, hasta la predicción de resultados funcionales y la optimización de los tiempos de intervención clínica o terapéutica. Los Potenciales Evocados Auditivos Corticales son respuestas de latencia larga que se originan principalmente en la corteza auditiva y reflejan funciones corticales de orden superior, incluyendo el procesamiento auditivo y la cognición. En la población pediátrica, el componente más estudiado y clínicamente relevante es la onda P1, una deflexión positiva que típicamente ocurre entre los 100 y 300 ms después de la presentación del estímulo. La latencia de esta onda se considera un biomarcador fundamental de la madurez del sistema auditivo central. Numerosas investigaciones se han centrado en estudiar en qué medida los CAEP pueden transformar el proceso de rehabilitación, desde la estimación de los umbrales, hasta la predicción de resultados funcionales y la optimización de los tiempos de intervención clínica o terapéutica. En niños con audición normal, la latencia de P1 disminuye sistemáticamente con la edad debido a la mielinización progresiva de las vías auditivas y al aumento de la eficiencia sináptica. Durante el desarrollo infantil, el cerebro crea una cantidad ingente de conexiones neuronales (sinapsis). Después, gracias a la experiencia, el aprendizaje y el uso, el cerebro refuerza aquellas conexiones que utiliza más y «elimina» o «debilita» aquéllas que utiliza poco. Es lo que se ha denominado «poda sináptica», que se mantiene muy activa durante toda la infancia y la adolescencia y realmente nunca llega a desaparecer en la edad adulta, aunque se produce a un ritmo mucho menor. Por tanto, la amplitud y latencia de la onda P1 se consideran indicadores de maduración del sistema auditivo. Los estudios de Sharma et al. (1997, 2011) entre otros, indican que la onda P1, componente dominante en los bebés y niños muy pequeños, va perdiendo «protagonismo» con la madurez cortical y la aparición del componente N1-P2 (complejo de ondas corticales con una deflexión negativa (N1) y otra positiva (P2), de aparición más tardía), quedando a menudo «oculta» o «solapada» dentro de este complejo a medida que avanza el proceso madurativo. El componente N1 parece empezar a emerger en torno a los 7-8 años, y el patrón adulto N1-P2 se consolida entre los 11 y los 14 años aproximadamente. Durante el desarrollo infantil, el cerebro crea una cantidad ingente de conexiones neuronales (sinapsis). Después, gracias a la experiencia, el aprendizaje y el uso, el cerebro refuerza aquellas conexiones que utiliza más y «elimina» o «debilita» aquéllas que utiliza poco. Como se ha mencionado, algunos estudios se han centrado en investigar la influencia del uso de dispositivos en la maduración del sistema auditivo mediante el registro de estos potenciales corticales. Para ello se ha registrado no solo el componente P1, sino también el llamado Mismatch Negativity (MMN), un componente cortical que refleja la capacidad del cerebro para detectar automáticamente un cambio en un sonido y que se caracteriza principalmente por ser una respuesta que no requiere atención consciente, y por tanto cuenta con la ventaja de que es fácilmente registrable en niños muy pequeños o adultos con patología o deterioro cognitivo. La investigación de Wang et al. (2023) destaca que en niños usuarios de implantes cocleares, existe una correlación negativa significativa entre el tiempo de uso del dispositivo y la latencia de las ondas P1 y el Mismatch Negativity (MMN). Sus hallazgos indican que un mayor tiempo de estimulación auditiva mediante el IC acelera el procesamiento cerebral del sonido. La MMN es particularmente útil en niños pequeños porque, como se ha mencionado, refleja el procesamiento automático cerebral y la discriminación de estímulos sin requerir atención selectiva, lo que permite grabarla mientras el niño se distrae con videos silenciados. Algunos estudios se han centrado en investigar la influencia del uso de dispositivos en la maduración del sistema auditivo mediante el registro de estos potenciales corticales. Como señalan Soleimani et al. (2021), la maduración de estas respuestas corticales es un indicador crítico de la neuroplasticidad cerebral tras la intervención. Si un bebé no muestra una onda P1 tras un periodo de amplificación adecuado con audífonos, esto puede sugerir una privación auditiva severa o un desarrollo anormal que justifique un cambio de estrategia terapéutica, como la derivación hacia un implante coclear. Pero, aunque hablamos de pruebas objetivas, el registro de los componentes descritos anteriormente está en cierto modo supeditado a la interpretación visual del examinador, y por tanto no exento totalmente de subjetividad. En este sentido Golding et al. (2007) y Guo et al. (2026), describen el uso del sistema HEARLab™, que incorpora procedimientos estadísticos automatizados para detectar la presencia de respuestas, concretamente un algoritmo que calcula la probabilidad de que la señal registrada sea significativamente diferente del ruido de fondo. Un valor de p ≤ 0.05 indica la presencia de una respuesta cortical con objetividad científica. En el estudio de Golding et al. (2007), se demostró que existe una considerable concordancia (rs = 0.65) entre la interpretación de examinadores expertos y el análisis automático. Este avance permite confiar en que los audiólogos con cierta formación y experiencia puedan realizar evaluaciones precisas de la audibilidad en lactantes. Aunque hablamos de pruebas objetivas, el registro de los componentes descritos anteriormente está en cierto modo supeditado a la interpretación visual del examinador, y por tanto no exento totalmente de subjetividad. Por otra parte, los protocolos actuales de CAEP utilizan estímulos de habla naturales: los fonemas /m/, /g/ y /t/ entre otros, o también sílabas como /da/ o /ba/. Estos estímulos representan regiones de diferentes frecuencias, lo que permite una verificación con cierta especificidad frecuencial. La capacidad de evocar respuestas corticales diferenciales para estos sonidos permite al confirmar si el audífono o el implante están proporcionando acceso auditivo a todo el espectro del habla. Pero uno de los interrogantes cruciales en la amplificación pediátrica, es si realmente las respuestas corticales pueden predecir con precisión lo que el niño oye conductual o funcionalmente. Un estudio de Baydan, Batuk y Sennaroglu de 2019 abordó esta cuestión de forma directa al comparar los CAEP con umbrales conductuales en campo libre en niños de 4 a 8 años con hipoacusia moderada a severa equipados con amplificación. Sus resultados revelaron una correlación muy alta (r = 0.86) entre los CAEP evocados a 55 dB SPL y los umbrales auditivos conductuales. Esto parece confirmar que los CAEP son predictores fiables de la audibilidad real en esta población, al menos en la franja de edad estudiada. Uno de los interrogantes cruciales en la amplificación pediátrica, es si realmente las respuestas corticales pueden predecir con precisión lo que el niño oye conductual o funcionalmente. Recientemente, Guo et al. (2026) investigaron la relación entre el Nivel de Sensación (SL) y la probabilidad de detección de la onda cortical. Definieron el SL (Sensation Level) como la diferencia entre la intensidad del estímulo y el umbral auditivo del niño. Sus hallazgos establecieron un umbral clínico crítico: las respuestas corticales se detectan consistentemente cuando el estímulo se presenta al menos a 10 dB por encima del umbral conductual (10 dB SL). Por debajo de este nivel, la probabilidad estadística de detectar respuesta cortical cae drásticamente. Este estudio también cuantificó cómo la latencia de P1 disminuye de forma lineal a medida que aumenta el nivel de sensación y cómo paralelamente su amplitud aumenta. Estos datos refuerzan la idea de que los CAEP no son solo una prueba de «sí o no», sino que su morfología refleja la calidad y sincronía de la señal que llega al cerebro. La implementación de los CAEP puede tener también consecuencias sistémicas en la velocidad y eficacia del proceso de rehabilitación. Según la revisión sistemática de Soleimani et al. (2021), la inclusión de CAEP en el protocolo audiológico permite reducir drásticamente los tiempos de intervención. Específicamente, se ha reportado que el uso de CAEP reduce la edad media de adaptación inicial de audífonos de 9.2 meses a solo 3.9 meses. Aún más impactante es la reducción en la edad de derivación para implante coclear en casos de hipoacusias profundas en los que se ha corroborado que la estimulación con audífonos no es suficiente. Al proporcionar una evidencia objetiva de que el sonido no llega a la corteza cerebral a pesar de una amplificación adecuada, y siempre tomando paralelamente en consideración las pruebas conductuales especialmente las verbales, los especialistas pueden referir al niño para IC a una edad media de 8.2 meses, en comparación con los 20.2 meses observados en protocolos tradicionales que dependen solo de la «validación» conductual. Esta precocidad asegura que el niño reciba la estimulación más adecuada en el momento de mayor potencial neuroplástico. Además, como se señala en esta revisión, los CAEP han demostrado ser eficaces para validar tecnologías avanzadas en audífonos, como el «frequency lowering» o «compresión/transposición frecuencial», mostrando mejoras significativas en la detectabilidad cortical de fonemas agudos que antes eran inaudibles. Otro valor importante atribuido recientemente a los potenciales corticales es el psicopedagógico. Muchos padres se sienten abrumados por la invisibilidad de la pérdida auditiva; al ver en la pantalla una representación visual clara de la respuesta cerebral de su hijo ante el sonido, logran comprender mejor el diagnóstico y el beneficio del tratamiento. Los estudios indican que el uso de CAEP de forma protocolizada reduce significativamente la resistencia de los padres al uso constante de audífonos, especialmente en casos de pérdidas auditivas leves a moderadas, bajando la tasa de rechazo del 40% al 19%. Del mismo modo, los audiólogos encuestados por Punch et al. (2016), expresaron que el uso de CAEP les brindaba una mayor confianza en sus decisiones clínicas, especialmente en lactantes de 4 a 12 meses. Muchos padres se sienten abrumados por la invisibilidad de la pérdida auditiva; al ver en la pantalla una representación visual clara de la respuesta cerebral de su hijo ante el sonido, logran comprender mejor el diagnóstico y el beneficio del tratamiento. Así las cosas, parece que los potenciales evocados auditivos corticales pueden llegar a considerarse una herramienta de primer orden para la Audiología pediátrica actual. Es un reto ineludible para la especialidad favorecer y promover la formación específica de los audiólogos pediátricos en la correcta realización e interpretación de estas pruebas, de forma que los CAEP se constituyan en un instrumento elemental de verificación cruzada junto con las pruebas conductuales u otras pruebas objetivas. A pesar de sus limitaciones, como la influencia del estado de alerta y el hecho de evaluar preferentemente el mejor oído en campo libre, los CAEP pueden cerrar la brecha inicial de incertidumbre entre el diagnóstico electrofisiológico y la validación conductual. Su implementación rutinaria no solo mejorará la precisión técnica de los ajustes, sino que fortalecerá la adherencia familiar al tratamiento, garantizando que cada niño con pérdida auditiva reciba la estimulación necesaria para alcanzar su máximo potencial lingüístico, social y cognitivo. Parece que los potenciales evocados auditivos corticales pueden llegar a considerarse una herramienta de primer orden para la audiología pediátrica actual. Bibliografía: Baydan, M., Batuk, M. O., & Sennaroglu, G. (2019). Relationship between aided cortical auditory evoked responses and aided behavioral thresholds. 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Especializada en Audiología Infantil y Evaluación de los trastornos del PAC en RV Alfa Centros Auditivos. Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Myriam González «MASKING DILEMMA» («Dilema de enmascaramiento»). El enmascaramiento es, probablemente, una de las técnicas que más dudas y quebraderos de cabeza genera en el audiólogo que inicia su actividad clínica. Aunque la experiencia permite dominarlo en un tiempo relativamente corto en la mayoría de los casos, siguen existiendo situaciones complejas que continúan suponiendo un reto en la práctica diaria. Entre ellas destaca el denominado «masking dilemma» o «dilema de enmascaramiento», una circunstancia clínica que puede dificultar la obtención de umbrales fiables en determinados pacientes. En este artículo revisaremos en qué consiste este fenómeno, por qué aparece y cuáles son las estrategias para abordarlo. En 1959, los investigadores Lidén, Nilsson y Anderson publicaron el artículo «Masking in Clinical Audiometry» 1, considerado uno de los trabajos fundacionales de la Audiología moderna. Su principal aportación fue transformar el enmascaramiento audiométrico, cuya aplicación hasta ese momento se realizaba de manera empírica, con poca estandarización y sin criterios uniformes, en un procedimiento basado en criterios científicos y cálculos precisos. El problema que intentaban resolver era fundamental para la fiabilidad de la audiometría. Cuando se presenta un tono en un oído mediante auriculares, parte del sonido puede transmitirse por vía ósea a través del cráneo y llegar al oído contrario. En estos casos, el paciente podría estar respondiendo con el oído no evaluado, alterando los resultados de la prueba. Para evitarlo, es necesario introducir un ruido enmascarador en el oído contrario, bloqueando su participación en la prueba. El artículo introdujo las bases matemáticas del enmascaramiento. El trabajo también tuvo un impacto importante en el desarrollo tecnológico en Audiología. Coincidió con la creación del generador de ruido de enmascaramiento White Noise Masking Generator Model M4, diseñado por el propio grupo de Lidén. Hasta ese momento, el enmascaramiento se realizaba habitualmente con ruido blanco de banda ancha, un estímulo poco específico sobre enmascaramiento. Los autores demostraron que el uso de «narrow band noise» o ruido de banda estrecha, centrado en la misma frecuencia del tono de prueba, permitía un enmascaramiento más preciso y eficiente. Este avance contribuyó a que el ruido de banda estrecha se consolidara como el estándar clínico desde la década de 1960. El estudio de Lidén y colaboradores fue el primero en describir los principios que darían lugar a lo que poco después se conocería como «masking dilemma» o «dilema de enmascaramiento», descrito por primera vez por Naunton en 1960 en su artículo «A Masking Dilemma in Bilateral Bone Conduction Deafness» 2. En dicho artículo, Naunton describió dos fenómenos clave que condicionan la validez del enmascaramiento audiométrico: el infraenmascaramiento (undermasking) y el sobreenmascaramiento (overmasking). Ambos fenómenos aparecen cuando la cantidad de ruido aplicada al oído no explorado no es la adecuada. Naunton describió dos fenómenos clave que condicionan la validez del enmascaramiento audiométrico: el infraenmascaramiento (undermasking) y el sobreenmascaramiento (overmasking). Ambos fenómenos aparecen cuando la cantidad de ruido aplicada al oído no explorado no es la adecuada. El infraenmascaramiento (undermasking) ocurre cuando el ruido aplicado al oído no explorado no es suficiente para impedir que este siga percibiendo el tono de prueba. En esta situación, el paciente puede responder con el oído contrario al que se pretende evaluar, lo que conduce a resultados poco fiables. De este modo, los umbrales obtenidos pueden sugerir una audición mejor de la real y ocultar la verdadera gravedad de la pérdida auditiva en el oído examinado. Naunton señaló que este fenómeno es especialmente probable cuando existe una gran diferencia auditiva entre ambos oídos o cuando la transmisión transcraneal del sonido supera la atenuación interaural esperable o efectiva para ese tipo de transductor. El infraenmascaramiento (undermasking) ocurre cuando el ruido aplicado al oído no explorado no es suficiente para impedir que este siga percibiendo el tono de prueba. En esta situación, el paciente puede responder con el oído contrario al que se pretende evaluar, lo que conduce a resultados poco fiables. El sobreenmascaramiento (overmasking) se produce cuando, debido a los umbrales, el ruido necesario para enmascarar el oído mejor es de alta intensidad y también afecta al oído que se está evaluando, interfiriendo en su capacidad para percibir el tono de prueba. Cuando esto ocurre, resulta difícil obtener umbrales auditivos fiables, ya que el propio enmascaramiento altera la respuesta del oído explorado. Esta situación aparece con especial frecuencia en pacientes con hipoacusia de conducción bilateral, en los que la transmisión del sonido favorece que el estímulo enmascarante afecte simultáneamente a ambos oídos. El sobreenmascaramiento (overmasking) se produce cuando, debido a los umbrales, el ruido necesario para enmascarar el oído mejor es de alta intensidad y también afecta al oído que se está evaluando, interfiriendo en su capacidad para percibir el tono de prueba. Naunton demostró empíricamente que en determinados casos es imposible lograr un enmascaramiento efectivo, definiendo el fenómeno del «dilema de masking» en audiometría clínica. El dilema de enmascaramiento aparece cuando el nivel de ruido necesario para impedir que el oído no evaluado participe en la prueba es tan alto que termina afectando también al oído que se está explorando. En ese momento surge un problema clínico: si el ruido es insuficiente, el oído contrario sigue respondiendo; pero si se aumenta demasiado, el propio oído evaluado comienza a verse enmascarado. Como consecuencia, no puede obtenerse un umbral auditivo fiable, ya que cualquier nivel de enmascaramiento capaz de aislar un oído altera simultáneamente la respuesta del otro. El dilema de enmascaramiento describe pues, una limitación física del método audiométrico monoaural que impide obtener resultados fiables. Para comprender este fenómeno es fundamental recordar cómo varía la atenuación interaural en función del tipo de transductor utilizado. La atenuación interaural se define como la pérdida de intensidad que experimenta el sonido al atravesar el cráneo hasta alcanzar el oído contralateral, y constituye un factor clave en la aparición del fenómeno de audición cruzada en audiometría tonal. En la práctica clínica se utilizan valores de referencia ampliamente aceptados 3 para estimar de forma conservadora esta atenuación según el transductor empleado: En auriculares supraaurales, la atenuación interaural se sitúa aproximadamente en torno a 40 dB HL. En auriculares de inserción, esta atenuación aumenta, considerándose habitualmente un valor clínico conservador de 60–70 dB HL (frecuentemente 60 dB HL). En conducción ósea, la atenuación interaural se considera prácticamente nula (0 dB HL), ya que la vibración se transmite directamente a través del cráneo. Es importante recalcar que estos valores no deben interpretarse como medidas absolutas, sino como criterios clínicos prácticos y conservadores que permiten estimar el riesgo de audición cruzada. Aunque existen múltiples estrategias de enmascaramiento audiométrico, la literatura internacional y las principales guías clínicas continúan considerando el Método de la Meseta como el procedimiento de referencia para el enmascaramiento tonal. La atenuación interaural se define como la pérdida de intensidad que experimenta el sonido al atravesar el cráneo hasta alcanzar el oído contralateral, y constituye un factor clave en la aparición del fenómeno de audición cruzada en audiometría tonal. El Método de la Meseta (plateau method) en Audiología fue enunciado por la audióloga Jean Desmond Hood y se publicó formalmente en 1960 en el artículo «The Principles and Practice of Bone Conduction Audiometry» 4. Fue descrito originalmente en el contexto del enmascaramiento por vía ósea, no de la vía aérea. Hood observó que, al incrementar progresivamente el ruido de enmascaramiento en el oído no evaluado, existía un rango de intensidades en el que el umbral del oído explorado dejaba de desplazarse, permaneciendo estable pese a nuevos aumentos del masking. A esta región estable la denominó «meseta» (plateau) y lo interpretó como la evidencia de que el oído contralateral había sido eficazmente excluido de la respuesta. Fue descrito originalmente en el contexto del enmascaramiento por vía ósea, no de la vía aérea. Hood observó que, al incrementar progresivamente el ruido de enmascaramiento en el oído no evaluado, existía un rango de intensidades en el que el umbral del oído explorado dejaba de desplazarse, permaneciendo estable pese a nuevos aumentos del masking. A esta región estable la denominó «meseta» (plateau) y lo interpretó como la evidencia de que el oído contralateral había sido eficazmente excluido de la respuesta. ¿Qué señales indican al audiólogo que se encuentra ante un dilema del enmascaramiento durante la aplicación del método de la meseta? Para responder a esta pregunta, conviene recordar primero cómo se comporta el método de la meseta en condiciones normales. En este procedimiento, el tono de prueba se presenta al oído evaluado mientras se aplica ruido de enmascaramiento en el oído no evaluado, comenzando desde el nivel mínimo eficaz (umbral+10 dB). Nivel inicial de masking=ACNTE+10 dB (NTE= Non Tested Ear= oído no testado.) A continuación, el nivel del ruido se incrementa de forma progresiva, en pasos de 10 dB, prestando atención en cada incremento a la posible variación del umbral obtenido en el oído explorado. Aunque existen múltiples estrategias de enmascaramiento audiométrico, la literatura internacional y las principales guías clínicas continúan considerando el Método de la Meseta como el procedimiento de referencia para el enmascaramiento tonal. Cuando, a pesar de estos aumentos sucesivos del enmascaramiento, el umbral del oído de prueba se mantiene estable, se alcanza la denominada meseta. Este punto indica que el enmascaramiento es suficiente para evitar la audición cruzada y, por tanto, que el umbral obtenido es fiable. El signo característico del dilema de masking en este método de enmascaramiento es que la meseta no llega a consolidarse. Esto ocurre porque, cada vez que aumenta el ruido de enmascaramiento, es necesario incrementar también la intensidad del tono de prueba para seguir obteniendo respuesta. El signo característico del dilema de masking en este método de enmascaramiento es que la meseta no llega a consolidarse. Esto ocurre porque, cada vez que aumenta el ruido de enmascaramiento, es necesario incrementar también la intensidad del tono de prueba para seguir obteniendo respuesta. En este punto, el audiólogo queda atrapado entre dos errores: si reduce el ruido, existe riesgo de infraenmascaramiento; si lo incrementa, aparece el sobreenmascaramiento. Una vez que Naunton definió el dilema, abordó en su artículo qué podía hacerse para manejar esta situación. Lejos de proponer una solución universal, el autor asumió que, en determinados pacientes, el problema podía ser intrínsecamente irresoluble. No obstante, planteó varias estrategias para minimizar su impacto. La principal consistía en aumentar la atenuación interaural, cambiando el sistema de transducción. De esta manera se identificaba como el verdadero factor limitante, los auriculares supraaurales convencionales, cuya escasa capacidad de aislamiento favorecía el cruce transcraneal del ruido enmascarador. Por ello, sugirió el uso de sistemas insertados en el conducto auditivo externo con el objetivo de reducir el riesgo de sobreenmascaramiento y ampliar el margen útil del enmascaramiento. El uso de estos sistemas para hacer la audiometría disminuiría las ocasiones en las que el oído contralateral participa en la respuesta, reduciendo así la necesidad de masking. Aunque Naunton planteaba esta idea en 1960 el desarrollo clínico de los auriculares de inserción modernos no se consolidó hasta 1985 con la introducción de los ER-3A Tubephone de Etymotic Research, diseñados por Mead Killion. Estos transductores supusieron un avance decisivo en Audiología al ofrecer un mayor aislamiento acústico y reducir el riesgo de audición cruzada durante la audiometría. Si bien el uso de auriculares de inserción representa la estrategia clínica más aceptada para minimizar el dilema de enmascaramiento al aumentar la atenuación interaural, se han descrito otros enfoques alternativos para abordar esta situación. Lenhardt et al (2006) 5 plantearon procedimientos basados en la interacción binaural por vía ósea, como determinadas variantes de potenciales evocados auditivos y técnicas de lateralización sonora. Sin embargo, estos métodos necesitan equipos específicos y tienen algunas limitaciones técnicas, por lo que no siempre son fáciles de aplicar en la práctica clínica diaria. Por ello, su uso se restringe a al ámbito de la investigación o contextos experimentales. Si bien el uso de auriculares de inserción representa la estrategia clínica más aceptada para minimizar el dilema de enmascaramiento al aumentar la atenuación interaural, se han descrito otros enfoques alternativos para abordar esta situación. Tras demostrar que el dilema de enmascaramiento puede resultar inevitable en determinadas configuraciones audiométricas, Naunton planteó un razonamiento que puede servir de guía clínica para anticipar estas situaciones antes de iniciar procedimientos de enmascaramiento potencialmente infructuosos. Desde un punto de vista práctico, el riesgo de dilema de enmascaramiento puede predecirse, cuando la suma de los air-bone gaps de ambos oídos es igual o superior a la atenuación interaural del transductor empleado: ABGNTE+ABGTE≥IA donde NTE (Non-Test Ear) corresponde al oído no evaluado, TE (Test Ear) al oído evaluado e IA a la atenuación interaural del transductor utilizado. Sin embargo, quizá la aportación más relevante de Naunton fue reconocer explícitamente que no todos los casos podían resolverse. En estas situaciones, el clínico debe asumir la limitación técnica del procedimiento y evitar atribuir una precisión artificial a umbrales cuya fiabilidad no puede garantizarse. Bibliografía: (1) Gunnar Lidén, Gunnar Nilsson & Henry Anderson (1959) Masking in Clinical Audiometry, Acta Oto-Laryngologica, 50:1-2, 125-136, DOI: 10.3109/00016485909129175 (2) Naunton, R. F. (1960). A masking dilemma in bilateral conduction deafness. Archives of Otolaryngology, 72, 600–606. (3) British Society of Audiology. (2018). Recommended procedure: Pure-tone air-conduction and bone-conduction threshold audiometry with and without masking. https://www.thebsa.org.uk/wp- (4) Hood, J. D. (1960). The principles and practice of masking in clinical audiometry. The Journal of Laryngology & Otology, 74(12), 1138–1161. (5) Lenhardt, M. L., Goldstein, B. A., & Shulman, A. (2006). Binaural hearing, atresia, and the masking dilemma. International Tinnitus Journal, 12(2), 96–100. CV Autor Audióloga / Audioprotesista Directora de Audiología en Rv Alfa Centros Auditivos y Logopeda. Técnico Superior en Audiología Protésica. Diplomada en Logopedia. Habilitación Tinnitus & Hyperacusis Therapy MC. Experta en Acúfenos e Hiperacusia, tratamiento TRT, Audiología Infantil y Tercera Edad en RV Alfa Centros Auditivos y Logopedia. Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Sonia Bajo Avances en el estudio de los trastornos del espectro de la neuropatía auditiva: De la precisión diagnóstica al manejo clínico personalizado. El trastorno del espectro de la neuropatía auditiva (ANSD, por sus siglas en inglés) ha dejado de ser considerado un enigma clínico para convertirse en uno de los campos más dinámicos y prometedores de la medicina contemporánea relacionada con la audición. Definido inicialmente en 1996 por Starr y colaboradores, este trastorno se distingue por una paradoja biológica fundamental: la capacidad de la cóclea para detectar sonidos a través de las células ciliadas externas (CCE) permanece intacta, mientras que el procesamiento neural y la codificación de las señales sonoras hacia el cerebro se encuentran severamente degradados. Esta disociación, evidenciada clínicamente por la presencia de otoemisiones acústicas (OAE) o microfónicos cocleares (CM) frente a respuestas auditivas del tronco encefálico (ABR) ausentes o distorsionadas, representa aproximadamente del 10% al 15% de los casos de pérdida auditiva neurosensorial permanente en la población pediátrica, una cifra que podría considerarse pequeña, pero que se considera clínicamente relevante. Los avances logrados entre 2024 y 2026 han transformado radicalmente el panorama del ANSD, desplazando el enfoque desde el simple manejo compensatorio hacia intervenciones de precisión biológica y el aprovechamiento de la neuroplasticidad cortical. La neuropatía auditiva se distingue por una paradoja biológica fundamental: la capacidad de la cóclea para detectar sonidos a través de las células ciliadas externas (CCE) permanece intacta, mientras que el procesamiento neural y la codificación de las señales sonoras hacia el cerebro se encuentran severamente degradados. El núcleo de esta transformación reside en la comprensión detallada de la fisiopatología, que ahora, y según recientes estudios, se clasifica según el sitio preciso de la lesión en tres niveles críticos: presináptico, sináptico y postsináptico. Las condiciones presinápticas impactan directamente a las células ciliadas internas, sus receptores sensoriales. Un nivel más allá, las sinaptopatías involucran la «sinapsis de cinta» (ribbon synapse), donde anomalías en la carga de glutamato o en la exocitosis de las vesículas bloquean la señal. Finalmente, los trastornos postsinápticos dañan los terminales dendríticos, los cuerpos celulares de las neuronas del ganglio espiral o sus axones mielinizados. Esta diferenciación no es meramente académica; determina de manera absoluta el éxito de las intervenciones quirúrgicas y terapéuticas. Por ejemplo, se ha descubierto que, mientras las células ciliadas externas son notablemente robustas frente a la hipoxia, las células ciliadas internas y sus terminales nerviosas son extremadamente vulnerables al estrés metabólico perinatal. Esta sensibilidad selectiva explica por qué muchos neonatos que han pasado por unidades de cuidados intensivos (UCIN) presentan perfiles compatibles con ANSD, representando hasta el 30% de las pérdidas auditivas en esta población de riesgo. En estos casos, las alteraciones en la liberación del neurotransmisor glutamato o en la generación del potencial de acción axonal, rompen la sincronía neural necesaria para la percepción del habla, especialmente cuando existe ruido de fondo competitivo. El diagnóstico moderno ha evolucionado para capturar esta complejidad mediante protocolos multimodales y dinámicos. Las nuevas guías de práctica clínica internacionales, como la gCAN de 2026, enfatizan que el diagnóstico no debe ser estático, sino que debe integrar pruebas electrofisiológicas con técnicas de imagen de alta resolución y estudios genéticos. Se ha descubierto que, mientras las células ciliadas externas son notablemente robustas frente a la hipoxia, las células ciliadas internas y sus terminales nerviosas son extremadamente vulnerables al estrés metabólico perinatal. Un hallazgo reciente de gran relevancia clínica es la aparente ineficacia del Chirp-ABR para predecir umbrales conductuales en pacientes con ANSD. Aunque el estímulo Chirp es técnicamente superior al click tradicional para compensar los retardos de la membrana basilar en pérdidas auditivas neurosensoriales típicas (SNHL), en la neuropatía auditiva su capacidad predictiva parece fallar de forma drástica. Así, se ha documentado que el 20% de los niños con ANSD muestran discrepancias superiores a 30 dB entre los resultados del Chirp-ABR y su audición real obtenida mediante audiometría conductual. Esta discrepancia recurrente ha llegado a convertirse en un marcador diagnóstico en sí mismo: según las fuentes consultadas, cuando un niño muestra umbrales electrofisiológicos mucho peores que sus umbrales tonales en la audiometría conductual, la sospecha de ANSD debe ser inmediata. Para refinar este diagnóstico, las técnicas avanzadas de diagnóstico por imagen juegan un papel fundamental, permitiendo diferenciar la ANSD funcional de la deficiencia del nervio coclear (CND), una condición anatómica donde el nervio está ausente o es hipoplásico. El uso de la resonancia magnética (RM) con secuencias T2 en plano oblicuo sagital permite realizar mediciones milimétricas, esenciales para el pronóstico; si el área del nervio coclear es menor al 50% de la del nervio facial adyacente, el diagnóstico se inclina hacia la CND, lo cual es un factor de mal pronóstico para intervenciones como el implante coclear. Además, técnicas innovadoras como la RM de difusión (dMRI) permiten ahora cuantificar la degeneración axonal en el VIII par craneal mediante la densidad de fibra aparente (AFD), la cual correlaciona estrechamente con los umbrales auditivos en pacientes con neuropatía axonal. Esta evaluación estructural se complementa con pruebas vestibulares exhaustivas, incluyendo el potencial miogénico evocado vestibular (VEMP) y la prueba de impulso cefálico por video (vHIT). Se ha descubierto que muchos pacientes con ANSD presentan disfunciones vestibulares ocultas que progresan con la edad, lo que sugiere que estamos ante una «audiovestibulopatía» más extensa de lo que se pensaba originalmente. Las técnicas avanzadas de diagnóstico por imagen juegan un papel fundamental, permitiendo diferenciar la ANSD funcional de la deficiencia del nervio coclear (CND), una condición anatómica donde el nervio está ausente o es hipoplásico. La estratificación del riesgo y el pronóstico también han ganado precisión gracias a estudios de grandes cohortes en el Reino Unido, que han categorizado a los pacientes en subgrupos específicos según su perfil de OAE, CM y ABR. El análisis de estos datos ha revelado, por ejemplo, que el subgrupo identificado como «Grupo 3» —pacientes con ausencia total de OAE y ABR, pero con microfónicos cocleares presentes— representa el perfil de mayor riesgo clínico. Estos niños muestran una probabilidad significativamente mayor de desarrollar sordera profunda conductual (44%) y en consecuencia una necesidad de implantes cocleares mucho más alta (50%) en comparación con otros patrones electrofisiológicos. Se ha descubierto que muchos pacientes con ANSD presentan disfunciones vestibulares ocultas que progresan con la edad, lo que sugiere que estamos ante una «audiovestibulopatía» más extensa de lo que se pensaba originalmente. Por el contrario, se ha clarificado que la presencia de componentes de latencia corta (SLC) en el ABR, picos negativos que aparecen a los 3 ms y que probablemente se originan en los núcleos vestibulares, no tiene valor predictivo sobre el desempeño auditivo final, lo que permite a los clínicos gestionar las expectativas familiares con mayor rigor. La arquitectura genética de la neuropatía auditiva constituye, sin duda, el avance más profundo del último lustro. Actualmente se reconoce que más del 40% de los casos tienen una base hereditaria definida, con más de 20 genes mapeados según su sitio de acción molecular. El gen OTOF, que codifica la proteína otoferlina, es el protagonista indiscutible en la ANSD infantil, siendo responsable de hasta el 41,2% de los casos pediátricos en diversas poblaciones. La otoferlina actúa como un sensor de calcio esencial para que las vesículas sinápticas se fusionen con la membrana plasmática; sin ella, la célula ciliada detecta el sonido pero es incapaz de «entregarlo» al nervio auditivo. Otros genes como el AIFM1 dominan los casos de inicio tardío (con una frecuencia del 18,6% en pacientes adultos), afectando el metabolismo energético mitocondrial y la supervivencia de los axones. En el extremo postsináptico, mutaciones en genes como PJVK (que codifica la pejvakina) o TRPV4 se asocian a neuropatías axonales progresivas como la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth. La arquitectura genética de la neuropatía auditiva constituye, sin duda, el avance más profundo del último lustro. Actualmente se reconoce que más del 40% de los casos tienen una base hereditaria definida, con más de 20 genes mapeados según su sitio de acción molecular. Investigaciones recientes en neuroanatomía han revelado que el desarrollo en los axones del nervio auditivo de los «heminodos» (etapas tempranas en la organización molecular) y los «nodos de Ranvier» (los «sitios» en los que se regenera el potencial de acción), es crítico para la conducción sincronizada, y cualquier anomalía en la colocación de los canales iónicos en estos sitios conduce irremediablemente a la disincronía característica del ANSD. Esta profunda comprensión molecular ha comenzado a abrir la puerta a la era de la medicina regenerativa y la farmacoterapia dirigida, como la terapia génica en mutaciones del gen OTOF o las farmacoterapias experimentales que utilizan nanopartículas para la entrega de corticosteroides y factores neurotróficos como el BDNF, que según recientes investigaciones han demostrado en modelos animales (aún no en humanos), su capacidad de aumentar el recuento de neuronas del ganglio espiral en un 45% y de restaurar en cierta medida la función sináptica. En el ámbito de la rehabilitación técnica, el paradigma ha cambiado de «hacer el sonido más fuerte» a «hacerlo más claro» para que el cerebro pueda procesarlo. Los audífonos convencionales fracasan con frecuencia en la ANSD porque la amplificación, si bien ha permitido mejorar en muchos casos la inteligibilidad en circunstancias favorables, no corrige la distorsión temporal ni la desincronía neural. Sin embargo, el uso de sistemas de micrófono remoto ha demostrado beneficios que trascienden el momento de su uso. Un estudio longitudinal del caso de un niño con neuropatía axonal progresiva reveló que el uso sostenido de este dispositivo no solo mejoró la discriminación del habla en ruido del 38% al 78% en condiciones de prueba, sino que también indujo cambios neuroplásticos positivos en la corteza auditiva. Al proporcionar una señal clara y de alta fidelidad de forma constante, el sistema permite que el cerebro fortalezca sus mecanismos de atención auditiva y procesamiento espacial, mejorando la escucha del paciente incluso en condiciones «no ayudadas» tras dos años de uso. Según los investigadores, este fenómeno se explica por la teoría de la predicción jerárquica, donde una señal mejorada permite que la corteza auditiva optimice la ganancia sináptica y refine su capacidad de «filtrado» de ruido. Para los casos donde la terapia génica aún no es accesible o la tecnología de micrófono remoto es insuficiente debido a la severidad de la pérdida, el implante coclear (IC) sigue siendo hoy día la opción terapéutica de referencia. Investigaciones recientes de casos y controles por pares han identificado predictores críticos de éxito: la activación del IC antes de los 24 meses de edad, el uso de implantes bilaterales y la duración del seguimiento post-activación, son los factores más determinantes para obtener resultados de percepción del habla superiores al 90%. El IC es particularmente efectivo porque «sortea» el sitio de la lesión (especialmente en casos presinápticos o sinápticos como los de OTOF) y estimula directamente el nervio de forma sincrónica mediante pulsos eléctricos. No obstante, el pronóstico sigue siendo variable en casos de neuropatía postsináptica, como los daños causados por kernicterus o hipoplasia del nervio, donde la integridad del propio cableado neural está comprometida. Finalmente, la gestión clínica del ANSD requiere una vigilancia multidisciplinaria estrecha y un enfoque en la educación parental. Se han documentado numerosos casos de «neuropatía auditiva temporal», especialmente en bebés prematuros con hiperbilirrubinemia, donde la función auditiva mejora significativamente o incluso se normaliza en los primeros 12 a 24 meses de vida debido a la maduración de las vainas de mielina y las sinapsis. Por esta razón, las guías actuales sugieren no confirmar un diagnóstico definitivo de permanencia antes de las 10-12 semanas de edad corregida, permitiendo evaluaciones dinámicas periódicas. Este seguimiento cuidadoso, apoyado por el asesoramiento genético para prevenir la recurrencia y guiar la selección del tratamiento, asegura que cada paciente reciba una intervención personalizada basada en su perfil molecular único. En conclusión, el trastorno del espectro de la neuropatía auditiva ha transitado desde un diagnóstico de exclusión hacia una entidad clínica definida por nuevos perfiles biológicos y nuevas opciones terapéuticas. La integración de diagnósticos diferenciales precisos mediante Chirp-ABR y dMRI, el mapeo genético exhaustivo y el desarrollo reciente de la terapia génica, marca el inicio de una era en el diagnóstico y tratamiento de los problemas auditivos. Hoy, gracias a la sinergia entre tecnologías de última generación que promueven la plasticidad cerebral, y los avances biológicos sin precedentes, los pacientes con ANSD cuentan con una perspectiva esperanzadora hacia la comunicación efectiva y funcional, inimaginable hace apenas una década. El trastorno del espectro de la neuropatía auditiva ha transitado desde un diagnóstico de exclusión hacia una entidad clínica definida por nuevos perfiles biológicos y nuevas opciones terapéuticas. Bibliografía: Chen, W., Huang, Y., Bo, D., Lu, P., & Xu, Z. (2024). Measurement of thresholds using Chirp-ABR in children with auditory neuropathy spectrum disorder and sensorineural hearing loss. International Journal of Pediatric Otorhinolaryngology, 184, 112074. https://doi.org/10.1016/j.ijporl.2024.112074. Jafari, Z., Fitzpatrick, E. M., Schramm, D. R., Rouillon, I., & Koravand, A. (2024). Predictors of cochlear implant outcomes in pediatric auditory neuropathy: A matched case-control study. PLoS ONE, 19(5), e0304316. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0304316. Rance, G., Tomlin, D., Yiu, E. M., & Zanin, J. (2024). Remediation of Perceptual Deficits in Progressive Auditory Neuropathy: A Case Study. Journal of Clinical Medicine, 13(7), 2127. https://doi.org/10.3390/jcm13072127. Smalley, J., & Hole, K. (2021). Prevalence, behavioural, and management outcomes of infants with auditory neuropathy spectrum disorder. Developmental Medicine & Child Neurology, 64(5), 593–599. https://doi.org/10.1111/dmcn.15103. Swain, S. K., & Prusty, V. R. (2025). Auditory neuropathy spectrum disorders: A scoping review. Apollo Medicine, 23(1S), S64–S69. https://doi.org/10.1177/09760016251316630. Wang, H. Y., et al. (2026). Chinese Clinical Practice Guidelines for Auditory Neuropathy (gCAN). World Journal of Otorhinolaryngology-Head and Neck Surgery, 12, 1–24. https://doi.org/10.1002/wjo2.70003. Xie, W., et al. (2026). Auditory Neuropathy: Challenges and Significant Progress in Diagnosis and Treatment. Advanced Therapeutics, 2026, 2500513. https://doi.org/10.1002/adtp.202500513. CV Autor Audióloga / Audioprotesista Licenciada en Pedagogía y Máster de Logopedia. Técnico Superior en Audiología Protésica. Especializada en Audiología Infantil y Evaluación de los trastornos del PAC en RV Alfa Centros Auditivos. Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Myriam González Pérdida Auditiva en Adolescentes Expuestos a Música Recreativa: una Revisión Sistemática II. En el número anterior de Gaceta Audio, comenzamos a analizar varios estudios enfocados a demostrar una posible relación entre la exposición a música recreativa y la pérdida auditiva neurosensorial en adolescentes y jóvenes. Planteamos la necesidad de la investigación desde el punto de vista de la importancia de recopilar información rigurosa y veraz para prevenir que las siguientes generaciones sufran daños auditivos prematuros permanentes. Conclusiones sobre exposición a música alta A continuación, se detallan las conclusiones a las que llegan los autores de los 13 artículos en los que el riesgo de pérdida auditiva por exposición a música alta se considera como «riesgo bajo». Riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta De los 13 artículos que llegan a esta conclusión, no todos persiguen el mismo objetivo. De hecho, algunos artículos tratan de estudiar la relación entre exposición a cualquier tipo de actividad recreativa que implique música alta y la pérdida auditiva, mientras que otros solo contemplan el uso de PLDs como exposición a la música. También se observan variaciones en cuanto a las medidas de esta exposición, ya que algunos artículos utilizan medidas objetivas y otros subjetivas, lo cual complica las comparaciones entre los resultados de cada estudio. Estas diferencias se detallan en la Figura 3. De los 13 artículos que llegan a la conclusión de que existe un riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta, 4 tienen como objetivo estudiar la posible asociación entre la exposición autoinformada a música alta y la pérdida auditiva. El estudio Biassoni et al. (2005) es la continuación del estudio de Serra et al. (2005), que se divide en dos partes debido a la longitud de la investigación. En ambas partes, los autores no encontraron una asociación significativa entre la exposición a música elevada y pérdida auditiva. Estos dos estudios fueron los únicos que incluyeron medidas in situ de los niveles sonoros en las discotecas que frecuentaban los adolescentes, registrando intensidades en un rango de 104,3 a 112,4 dBA, con picos de nivel de presión sonora de 117,5 dBA. Estos autores también calcularon el nivel de presión sonora equivalente continuo durante un período de tiempo de 8 horas (LAeq8h), con niveles que oscilaron con LAeq8h entre 75 y 105 dBA. Los resultados reflejaban que los cambios en los umbrales auditivos (Hearing Threshold Level, HTL) que fueron significativos estaban en el rango extendido de alta frecuencia avanzando hacia el rango convencional que compromete la comprensión del habla. En este sentido, los datos del estudio reflejan que los adolescentes con umbrales más elevados de audición no diferían significativamente en exposición a música a elevado volumen respecto a aquellos con umbrales más bajos, por lo que concluyeron que la exposición a altos niveles de sonido durante actividades de ocio no siempre sería causa de daño auditivo. Sin embargo, para explicar la disminución de umbral auditivo en algunos participantes los autores recurren a la hipótesis de los «oídos sensibles», donde entra en juego la idiosincrasia de cada individuo; los mismos niveles sonoros podrían dañar gravemente a sujetos con oídos sensibles y no afectar a aquellos con «oídos duros». Los datos del estudio Biassoni et al. reflejan que los adolescentes con umbrales más elevados de audición no diferían significativamente de aquellos con umbrales más bajos, por lo que concluyeron que la exposición a altos niveles de sonido durante actividades de ocio no siempre causará daño auditivo. Serra et al. (2014) repitieron el estudio 9 años después, incluyendo esta vez medidas de Otoemisiones Acústicas Evocadas Transitorias (OEAET). En este estudio, los LAeq8h calculados en las discotecas que frecuentaban los adolescentes oscilaron entre 107,8 y 112,2 dBA. Los análisis de OEAET revelaron OEAET ausentes y de bajo nivel en el 16% de los participantes. Se encontró relación significativa entre HTL y OEAET; los participantes con niveles bajos y ausentes de OEAET tuvieron HTL más altos en todas las frecuencias. Aun así, los adolescentes que se exponían más a música alta y que tenían pruebas audiométricas que evidenciaban HTL más elevados no diferían significativamente de aquellos con menos exposición a música alta, por lo que los autores vuelven a recurrir a la hipótesis de los «oídos sensibles». Algunos autores defienden la hipótesis de los «oídos sensibles», donde entra en juego la idiosincrasia de cada individuo; los mismos niveles sonoros podrían dañar gravemente a sujetos con oídos sensibles y no afectar, sin embargo, a aquellos con «oídos duros». De los 13 artículos que llegan a la conclusión de que existe un riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta, 4 tienen como objetivo estudiar la posible asociación entre la exposición autoinformada a música alta (incluyendo diferentes tipos de exposición como acudir a discotecas o pubs, o el uso de PLDs, entre otros) y la pérdida auditiva, tal y como se detalla en la Figura 3 sin incluir, a diferencia de los 3 estudios anteriores, ninguna medida objetiva que permita calcular exactamente a qué niveles sonoros se exponen los adolescentes. Weichbold et al. (2012) evaluaron la asociación entre el examen auditivo de adolescentes y la exposición autoinformada a música alta. Los autores encontraron una prevalencia de pérdida auditiva general en altas frecuencias del 14,9%, siendo la tasa de pérdida auditiva semejante en adolescentes que no se exponían o que lo hacían escasamente o de manera moderada (del 10% al 15%), aunque aumentó significativamente en adolescentes con alta exposición a la música (del 22% al 25%). Los autores concluyen que el efecto adverso en la audición solo se manifestaría en personas con prácticas «extremas», al escuchar música a elevados volúmenes, alegando que el oído humano no es tan vulnerable como para sufrir daños persistentes tan fácilmente. La exposición a música alta hasta un límite crítico no sería peligrosa para la audición humana, aunque los autores desconocen cuál es ese límite. Weichbold et al. encontraron una prevalencia de pérdida auditiva general en altas frecuencias del 14,9%, siendo la tasa de pérdida auditiva semejante en adolescentes que no se exponían o que lo hacían escasamente o de manera moderada, aunque aumentó significativamente en adolescentes con alta exposición a la música (del 22% al 25%). Silvestre et al. (2016) también analizaron la relación entre la pérdida auditiva y la exposición a la música autoinformada. Se encontró una prevalencia de uso de PLDs entre los adolescentes del 93,28%, de los cuales el 58,4% hacía un uso diario, mostrando preferencia por los auriculares de inserción. No se obtuvieron medidas objetivas de exposición a niveles sonoros. En este estudio, el análisis de los umbrales audiométricos no mostró diferencias significativas en cuanto a frecuencia de uso de PLDs, duración en años, días por semana u horas al día; tampoco en intensidad ni en tipo de auricular. Los autores concluyeron que, aunque la prevalencia de PLDs es muy alta en esta población, no había correlación entre la exposición a la música a través de PLDs y los umbrales auditivos de alta frecuencia en esta población. Rhee et al. (2019) analizaron la relación entre exposición autoinformada a la música en actividades de ocio y la pérdida auditiva en adolescentes. El 86% de los participantes informó del uso habitual de PLDs, sin incluir medidas de frecuencia. El 52,2% situaba en un rango de 0 a 4 la intensidad del sonido en los PLDs medida en una escala subjetiva (de 0 a 10, donde a mayor puntuación mayor intensidad del sonido) y el 34,8% la situaba en el rango de 5 a 9. Aunque la presencia de pérdida auditiva leve fue del 16% y de pérdida auditiva grave del 1,2%, los autores no encontraron diferencias significativas en pérdida auditiva según la intensidad o la duración del uso de PLDs. Silvestre et al. concluyeron que, aunque la prevalencia de PLDs es muy alta en esta población, no había correlación entre la exposición a la música a través de PLDs y los umbrales auditivos de alta frecuencia en esta población. Gaetán et al. (2021) analizaron la relación entre exposición autoinformada a la música en actividades de ocio y la pérdida auditiva en adolescentes. Los autores administraron una escala de participación en actividades recreativas a los participantes que proporcionaba una medida del nivel de participación en ellas, clasificándolo como «no participar», «nivel bajo», «nivel moderado», «nivel alto» y «nivel muy alto». Los autores afirman que, aunque la mayoría de los adolescentes englobados bajo la categoría de alta exposición a la música tenían umbrales auditivos más altos, estos seguían siendo «normales». Además, no encontraron diferencias significativas entre las categorías de exposición a la música y la amplitud de las OEA. De los 13 artículos que llegan a la conclusión de que existe un riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta, 3 tienen como objetivo estudiar la posible asociación entre el uso de PLDs autoinformado y la pérdida auditiva, incluyendo medidas objetivas de exposición a la música con PLDs, tal y como se detalla en la Figura 3. Estos 3 artículos se resumen a continuación: Sulaiman et al. (2013) midieron el riesgo auditivo asociado al uso de PLDs, mediante entrevista y midiendo los niveles sonoros con un oído artificial conectado a un sonómetro. El nivel medio de escucha medido y la duración fue de 72,2 ± 11,1 dBA y 1,2 ± 1,5 horas/día, respectivamente. Los sujetos que escuchaban a volúmenes más altos tendían a escuchar también durante períodos más largos. Los LAeq8h se distribuyeron normalmente con una media de 61,6 ± 12,9 dBA; el 17,5% de los adolescentes estuvieron expuestos a niveles de LAeq8h mayores a 75 dBA y el 4,5% lo hizo a niveles de LAeq8h mayores a 85 dBA. Los autores no encontraron ningún hallazgo robusto de NIHL en los adolescentes, incluidos aquellos expuestos a niveles de sonido más peligrosos. Ante esto, concluyen que la pérdida auditiva en este grupo etario en usuarios de PLDs podría implicar un daño sutil en las células ciliadas externas de la cóclea que podría no ser evidente en la audiometría estándar. De los 13 artículos que llegan a la conclusión de que existe un riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta, 3 tienen como objetivo estudiar la posible asociación entre el uso de PLDs autoinformado y la pérdida auditiva, incluyendo medidas objetivas de exposición a la música con PLDs. Widen et al. (2017) tuvieron como objetivo investigar la relación entre el uso de PLDs autoinformado y medido por un maniquí simulador de cabeza y torso, y la pérdida auditiva. Los autores encuentran que el 97,1% de los participantes eran usuarios de PLDs, de los cuales el 88,6% lo usaban todos los días o varias veces por semana con una media de 2 horas diarias. Los niveles sonoros oscilaron entre 54dBA y 100 dBA LAeq8h, con una media de 75 dBA LAeq8h; el 10% de los adolescentes escuchaba a intensidades entre 85 y 90 dBA LAeq8h y otro 10% lo hacía a intensidades entre 90 y 100 dBA LAeq8h. Los adolescentes que escuchaban a intensidades por encima de 85 dBA LAeq8h también lo hacían durante períodos de tiempo más prolongados y con más frecuencia. Los autores no encontraron diferencias significativas en HTL entre los adolescentes que se exponían más o menos a música alta, aunque sospechan que el grupo que se exponía a intensidades entre 90 y 100 dBA LAeq8h (10%) podría estar en riesgo de desarrollar pérdida auditiva en el futuro. Paping et al. (2022) analizaron la relación entre el uso objetivo de PLDs mediante el desarrollo de una aplicación para teléfonos móviles que medía la exposición a la música y la pérdida auditiva. En los 33 días en los que se controlaron los hábitos de escucha mediante la aplicación, la media de días de escucha fue de 2,4 días a la semana, con una media de tiempo de escucha de 81,5 minutos al día. No se midió objetivamente en dB la intensidad sonora de la escucha. El nivel de escucha medio fue del 55% de la capacidad de los dispositivos. Los autores estiman que aproximadamente el 2% de los adolescentes excedió los estándares de seguridad NIOSH, por lo que la mayoría escuchaba en límites considerados seguros. Según los datos obtenidos del estudio, no hubo asociación significativa entre la exposición a la música en PLDs y los umbrales auditivos. Los autores argumentan que es posible que el efecto nocivo de los PLDs aún no se evidencie en este grupo etario debido tanto al breve uso de PLDs como al lento desarrollo de la NIHL. De los 13 artículos que llegan a la conclusión de que existe un riesgo bajo de pérdida auditiva por exposición a música alta, 3 tienen como objetivo estudiar la posible asociación entre el uso de PLDs autoinformado exclusivamente (sin incluir otras actividades que también impliquen exposición a música alta ni medidas objetivas de frecuencia e intensidad en el uso de PLDs) y pérdida auditiva, tal y como se detalla en la Figura 3. Estos 3 artículos serían: Kim et al. (2009) evaluaron la relación entre el uso de PLDs autoinformado y la pérdida auditiva. En base al informe de los adolescentes, se observó que, aunque no había relación entre el umbral auditivo y el uso de PLDs, sí había aumentos significativos en HTL en 4.000 Hz en adolescentes que llevaban usando PDLs durante más de 5 años respecto a los que no los utilizaban. Además, encontraron que los sujetos que escuchaban música mediante altavoces tenían niveles medios y de audición de 4.000 Hz en el oído izquierdo y derecho significativamente más bajos que los de los sujetos que usaban auriculares. Los autores infirieron que el uso acumulativo a largo plazo de PDLs podría tener un efecto debilitante en los niveles de audición. No obstante, aun así, los autores concluyen que no hubo relación directa entre el umbral auditivo y el uso diario de PLDs. Twardella et al. (2017) estudiaron la relación entre el uso de PLDs autoinformado y la pérdida auditiva en adolescentes. El 85% de los adolescentes informó haber hecho uso de PLDs durante la última semana, con una media de 10,7 horas de uso por semana. La exposición a niveles sonoros se calculó mediante aproximaciones de control de volumen autoinformado por los adolescentes; la intensidad media de escucha fue de 77 dBA; de los cuales un 6% escuchaba a intensidades medias entre 85 dBA y 90 dBA y un 13% lo hacía superando los 90 dBA. En el análisis estadístico no se observaron asociaciones significativas entre los HTL y el uso de PLDs. Swierniak et al. (2020) estudiaron la relación entre el uso de PLDs autoinformado y la pérdida auditiva en adolescentes. El 82% de la muestra disponía de PLDs, utilizándolo con un nivel sonoro medio del 50,8% de la capacidad de salida de audio del dispositivo. El 32,3% informó que no escuchaba música, el 10,1% lo hacía diariamente y el 57,6% lo hacía entre 1 y 6 veces por semana. Un 0,3% informó que escuchaba música mediante PLDs durante 5 o más horas al día, el 2,7% entre 3 y 4 horas al día, el 11,9% entre 1 y 2 horas al día y el 52,9% durante menos de 1 hora al día. Los autores encontraron que los HTL no diferían en función del uso de los PLDs, por lo que concluyeron que no pueden confirmar el efecto nocivo del uso de PLDs en la audición de los adolescentes. Riesgo medio de pérdida auditiva por exposición a música alta A continuación, se detallan las conclusiones a las que llegan los autores de los 3 artículos en los que el riesgo de pérdida auditiva por exposición a música alta se considera como «riesgo medio». El estudio de Martínez-Wbaldo et al. (2009) tuvo como objetivo analizar la relación entre la pérdida auditiva y la exposición autoinformada a música recreativa. Según los resultados del cuestionario administrado, el 32% de los adolescentes se exponía a un solo tipo de música a elevada intensidad (pudiendo ser PLDs, discotecas o conciertos) y el 10% se exponían en modalidades combinadas. El 21% de los participantes tenía pérdida auditiva, de los cuales aproximadamente el 18% presentaba pérdida auditiva neurosensorial leve y el 3% del total tenía pérdida auditiva neurosensorial moderada, asociadas ambas con la exposición a las actividades recreativas. La exposición a música a elevado volumen en conciertos y discotecas se asoció significativamente con la pérdida auditiva neurosensorial. No obstante, no se encontró esta asociación con el uso de PLDs. Biassoni et al. (2014), al igual que Martínez-Wbaldo et al. (2009), estudiaron la relación entre la pérdida auditiva y la exposición autoinformada a música recreativa mediante un estudio longitudinal que duró 3 años. Los autores hicieron una prueba test al inicio de estudio (en la que se administraba un cuestionario de exposición a actividades con música alta y las pruebas audiométricas ya detalladas en la Tabla 1) y una prueba retest al final del estudio. Se observó una tendencia creciente de los participantes en los 3 años del estudio a aumentar la participación en actividades que implican exponerse a actividades con música a elevado volumen. Los datos obtenidos indican que existía diferencia significativa entre entre test y retest en cuanto a los HTL y amplitud global de TEOAE en aquellos adolescentes con menores HTL al inicio del estudio; los HTL aumentaron y la amplitud de las TEOAE disminuyó en las frecuencias de 3.000 y 4.000 Hz. Estas diferencias se asociaron con el creciente incremento de exposición a la música; con el aumento de los niveles de exposición a la música existía tendencia al aumento del umbral auditivo. Los autores concluyen que la exposición continua a elevados niveles sonoros de música podría constituir una causa del cambio progresivo de HTL en adolescentes. En el estudio de Martínez-Wbaldo et al el 21% de los participantes tenía pérdida auditiva, de los cuales aproximadamente el 18% del total tenía pérdida auditiva neurosensorial leve y el 3% la presentaba de forma moderada, asociadas ambas con la exposición a las actividades recreativas. Por último, Feder et al. (2013), por su parte, estudiaron la relación entre el uso autoinformado de PLDs y la pérdida auditiva, incluyendo también medición de los niveles sonoros en PLDs mediante un simulador de presión sonora. El uso medio diario de los adolescentes fue de 1,13 horas para los hombres y de 1,06 horas para las mujeres, con niveles medios de presión sonora en volumen típico de 68dBA y en volumen máximo de 76 dBA. Además, los autores encontraron que entre un tercio y la mitad de los adolescentes decían apretar los auriculares contra los oídos durante 5 a 10 minutos al día. Los sujetos que tendían a ajustar más los auriculares a los oídos y que escuchaban durante tiempos más prolongados también tendían a escuchar música más alta. Los autores encontraron que los participantes que reportaban usar PLDs desde hace 5 o más años tenían HTL significativamente más altos en HFPTA (umbrales promedio entre 4.000 y 8.000 Hz) respecto a los que los usaban desde hace menos de un año, encontrándose esta relación únicamente en la categoría de volumen típico y no en la categoría de volumen máximo, respecto a lo cual los autores hipotetizan una posible infraestimación del volumen de escucha autoinformado por los adolescentes. Los autores finalmente llegan a la conclusión de que esta relación positiva puede ser indicativa de que utilizar PLDs a volúmenes de escucha típicos contribuye, en parte, al desarrollo de NIHL en algunas frecuencias. Feder et al. encontraron que los participantes que reportaban usar PLDs desde hace 5 o más años tenían HTL significativamente más altos en HFPTA (umbrales promedio entre 4.000 y 8.000 Hz) respecto a los que los usaban desde hace menos de un año. Discusión La presente revisión sistemática aborda el objetivo de recopilar información sobre si los estudios realizados hasta la fecha sugieren que existe riesgo de desarrollar pérdida auditiva en adolescentes por exposición a música recreativa. En cuanto a las medidas de exposición, se ha encontrado que, de los 16 artículos incluidos en la presente revisión, solo 9 de ellos (56,25%) midieron la exposición a música alta únicamente con cuestionarios autoinformados o entrevistas personales sobre hábitos de exposición a la música; los 7 restantes (43,75%) incluyeron algún tipo de medida objetiva de los niveles sonoros. Esto puede constituir una limitación relevante de la veracidad de la exposición autoinformada de los adolescentes, ya que pueden incurrir en respuestas poco fiables influidas por una posible deseabilidad social. Se recomienda desde aquí a los autores incluir, en la medida de lo posible, indicadores fiables y objetivos de exposición a música alta, como el dosímetro de ruido en discotecas, el uso de la técnica del maniquí o el desarrollo de aplicaciones de software para PLDs. En cuanto a las medidas audiométricas, todos los estudios utilizaron audiometría de conducción aérea de tonos puros en frecuencias estándar y 7 de los 16 artículos totales (43,75%) incluyeron audiometría de frecuencias altas extendida (de 8.000 o 9.000 Hz a 16.000 Hz). Además, 3 estudios emplearon OEA transitorias evocadas y uno de ellos también aplicó productos de distorsión (DPOAE). Tradicionalmente, el diagnóstico de NIHL se realiza mediante pruebas subjetivas como la audiometría de conducción aérea de tonos puros en frecuencias estándar y pruebas objetivas como las OEA y los DPOAE (como posibles predictores de vulnerabilidad coclear individual) (Davis, 2018). Según la evidencia disponible, parece acertado incluir también en este tipo de estudios la audiometría de frecuencias altas extendida, ya que estos rangos serían más sensibles al ruido y podrían funcionar como predictores tempranos de NIHL en el rango convencional (Fausti et al., 1981; Dieroff, 1982; Ahmed et al., 2001; Porto et al., 2004; Singh et al., 2009). En cuanto a las conclusiones sobre exposición a música alta, parece que la evidencia apunta en la dirección de que esta exposición en los adolescentes no guarda relación directa con la pérdida auditiva, ya que, de los 16 artículos incluidos en la revisión, 13 artículos se clasificaron como «riesgo bajo» y solo 3 artículos se clasificaron como «riesgo medio». No obstante, se debe tener en cuenta que las comparaciones entre los artículos de la revisión se tienen que hacer con cautela ya que, como se ha comentado en repetidas ocasiones en los apartados anteriores, hay una gran diversidad en cuanto a las variables que los autores incluyen en los estudios; no todos utilizan medidas objetivas de exposición a la música ni tampoco consideran en todos los casos las mismas actividades recreativas que impliquen exposición a la música a las que pueden exponerse los adolescentes. Aunque el debate sobre si la exposición a música alta puede causar pérdida auditiva en este grupo etario no está aún resuelto, sí parece que los adolescentes, por lo general y en base a los resultados de los artículos, se someten a niveles auditivos que son considerados potencialmente dañinos para la salud auditiva. Los autores han registrado volúmenes objetivos de exposición a niveles sonoros en discotecas que oscilan entre 104,3 a 112,4 dBA con picos de 117,5 dBA, con LAeq8h entre 75 y 112,2 dBA (Biassoni et al., 2005; Serra et al., 2005; Serra et al., 2014). Parece que, además, tiende a repetirse un patrón común; suele aparecer un pequeño porcentaje de la muestra que se expone a música en niveles sonoros extremos: Twardella et al. (2017) encontraron que un 6% de los adolescentes de la muestra escuchaba a intensidades entre 85 y 90 dBA y un 13% lo hacía superando los 90 dBA. Sulaiman et al. (2013) obtuvieron que el 17,5% de los adolescentes estuvieron expuestos a LAeq8h mayores a 75 dBA y el 4,5% a niveles de LAeq8h que superaban los 85 dBA. Widen et al. (2017) encontraron que el 10% escuchaba música a intensidades entre 85 y 90 dBA LAeq8h y otro 10% a intensidades entre 90 y 100 dBA LAeq8h, entre otras medidas de los autores. Se recuerda que la normativa laboral considera que un LAeq8h igual a 85dBA es el límite entre lo seguro y lo peligroso, por lo que los adolescentes que escuchen 15 minutos de música a una intensidad de 100 dBA podrían estar expuestos al mismo nivel sonoro que un trabajador industrial expuesto a 85 dB durante 8 horas, considerando que un incremento de 3 dB reduce a la mitad el tiempo de exposición (Serra et al., 2007; Daniel, 2007; NIOSH, 1998; Smith, 1998). En ambientes laborales que alcanzan estos niveles de presión sonora se recomienda el uso de protección auditiva o reducción del ruido por considerar que existe riesgo para la audición (Daniel, 2007). Estos estudios demuestran que tiende a repetirse un patrón común; suele aparecer un pequeño porcentaje de la muestra que se expone a música en niveles sonoros extremos, a intensidades entre 85 y 90 dBA e, incluso, un 13% lo hacía superando los 90 dBA. Respecto a la prevalencia de uso de PLDs en adolescentes, Widen et al. (2017) obtienen la cifra más alta de prevalencia de uso de PLDs con un 97,1% de la muestra. Silvestre et al. (2016) recogen que el 93,28% de ellos los utilizaba habitualmente. Rhee et al. (2019) obtuvieron una cifra menor (aunque igualmente elevada) de uso habitual de PLDs, el 86%. Twardella et al. (2017) obtuvieron cifras similares con un 85% de adolescentes que usaban los PDLs habitualmente, una media de 10,7 horas por semana. Swierniak et al. (2020) situaron el uso habitual de estos dispositivos en el 82% de la muestra. Estos datos constituyen frecuencias muy elevadas del uso de PLDs en adolescentes. Aunque la mayoría de los artículos (13 artículos de 16 artículos totales) no encuentran relación directa entre exposición a música alta en adolescentes y pérdida auditiva, sí existen otros artículos que efectivamente encuentran asociaciones significativas entre estas dos variables (3 artículos de 16 artículos totales), no solo en esta revisión sistemática, sino en investigaciones anteriores que han servido como base para diseñar los estudios actuales. Algunos autores proponen hipótesis alternativas para explicar estas incongruencias en los resultados recurriendo a la biología del sistema auditivo; Harrison (2008) y Henderson (2011), por ejemplo, defienden que la NIHL podría no ser evidente a edades tempranas debido a una redundancia de células ciliadas cocleares, argumentando que, no obstante, si la exposición continúa, entonces los daños auditivos podrían hacerse evidentes, ya que existe consenso sobre que la NIHL se acumula durante años de exposición (Lonsbury-Martin y Martin, 2007). Por su parte, Weichbold et al. (2012) alegan que la pérdida auditiva en adolescentes podría no estar directamente asociada al grado de exposición, sino que esta solo se produciría en adolescentes que se exponen de un modo extremo o excesivo a música a un elevado volumen, lo que constituiría un leve porcentaje de los adolescentes. Como ya se ha comentado, en los estudios incluidos en la revisión suele aparecer un pequeño porcentaje de la muestra que se expone a música en niveles sonoros extremos, lo cual podría apoyar esta hipótesis. No obstante, este grupo con prácticas extremas de exposición a música alta no siempre sufre pérdida auditiva asociada a esta exposición, por lo que parece que esta hipótesis podría no ser del todo acertada. Para explicar esta contradicción, Biassoni et al. (2005 y 2014), Serra et al. (2005 y 2014) proponen que, aunque diferentes adolescentes se expongan a los mismos niveles sonoros, debido a la idiosincrasia del sistema auditivo de cada individuo, estos podrían dañar solo a algunos de ellos que presentaran oídos «sensibles», más vulnerables al ruido, que adolescentes con oídos «duros», que tolerarían un mayor impacto de ruido, con un sistema auditivo más resiliente. Las tres hipótesis podrían considerarse válidas y no mutuamente excluyentes. Como posibles medidas de prevención ante esta problemática aún no resuelta, se proponen diferentes estrategias: Llevar a cabo campañas de concienciación mediante programas de promoción de la salud en adolescentes sobre el posible riesgo de pérdida auditiva por exposición a música alta, ya que hay evidencia disponible que afirma que los usuarios de PLDs no siempre conocen que la pérdida auditiva es una condición médica actualmente irreversible y que podrían ser vulnerables a sufrirla debido al uso de estos dispositivos (Shah et al., 2009). Estas campañas de concienciación podrían incluir información acerca de comportamientos auditivos saludables y perjudiciales, ya que en el estudio de Feder et al. (2013) los autores encontraron que entre un tercio y la mitad de los adolescentes decían apretar los auriculares contra los oídos durante 5 a 10 minutos al día y existe evidencia de que entre los auriculares ajustados a los oídos y los auriculares holgados podría haber un rango de diferencia de presión sonora de hasta 16 dB (Keith et al., 2008). Aplicar limitaciones sonoras proponiendo a las compañías fabricantes de teléfonos móviles que reduzcan los niveles de salida máximos de modo que estos sean seguros para la audición. De igual manera debería hacerse lo propio en discotecas, pubs o conciertos, entre otras actividades ruidosas. Si el punto anterior no es posible por ser demasiado ambicioso, podría proponerse que los fabricantes de PLDs incluyan mensajes de advertencia sobre el posible riesgo auditivo ante elevadas intensidades de volumen. Como posibles medidas de prevención se propone llevar a cabo campañas de concienciación, aplicar limitaciones sonoras en los dispositivos electrónicos y en lugares de ocio, y que los fabricantes de PLDs incluyan mensajes de advertencia sobre las elevadas intensidades de volumen. Limitaciones El presente estudio no está exento de limitaciones. En primer lugar, es probable que los términos que se introdujeron en la búsqueda sean limitados. Además, en esta búsqueda solo se incluyeron artículos en idioma inglés, con lo que se han podido descartar estudios relevantes por este motivo. Otra limitación importante de la revisión es que se desestimaron artículos que incluyeran población con cualquier patología conocida del sistema auditivo. El filtro por título también ha podido conducir a errores en el descarte y la inclusión. Por otro lado, se incluyó un número relativamente pequeño de estudios (n=16); el escaso número de artículos puede afectar a la generalización de los resultados. Para adquirir una muestra más grande de publicaciones, una opción podría haber sido realizar la búsqueda utilizando varios criterios, como más bases de datos, frases de búsqueda sinónimas, etc. Sin embargo, el objetivo principal de la revisión era arrojar luz sobre la evidencia disponible en cuanto al riesgo de desarrollar pérdida auditiva por exposición a la música alta en adolescentes. Esto condujo a seleccionar imparcialmente, aunque de manera arbitraria, artículos mediante un proceso de revisión sistemática. Con esto, no se espera que con los posibles artículos excluidos de la revisión y que pudieran ser válidos, cambiaran mucho los hallazgos dada la controversia de los resultados obtenidos. No obstante, estudios futuros semejantes podrían variar algunas cuestiones como la ecuación de búsqueda, criterios de inclusión o período de publicación, por ejemplo, y comparar los resultados. En futuras investigaciones sobre esta temática también se propone realizar estudios que incluyan adolescentes en diferentes rangos de edad con tamaños muestrales elevados. Sería oportuno también realizar estudios tanto de tipo longitudinal como transversal en diferentes grupos según su grado de exposición a la música para aclarar los resultados contradictorios y poder validar las hipótesis explicativas planteadas. Conclusiones La presente revisión sistemática tiene como objetivo investigar si los estudios realizados hasta la fecha demuestran una posible asociación entre exposición a música alta y pérdida auditiva en adolescentes. En base a los resultados obtenidos se puede afirmar que hoy en día no existe evidencia concluyente sobre si la exposición a música alta podría tener verdaderamente un efecto perjudicial en la audición de los adolescentes. Sí parece estar claro que no existe un riesgo grave o severo de pérdida auditiva por exposición a música alta en este grupo etario, a pesar de que los datos confirman la elevada exposición a niveles sonoros considerables en actividades recreativas en adolescentes, destacando el uso de PLDs. Como la evidencia acerca de esta problemática es aún contradictoria, se propone aplicar medidas de prevención mediante programas de promoción de la salud o limitaciones sonoras en establecimientos y PLDs, entre otros. CV Autor Graduada en Psicología y Logopedia Master en Psicología General Sanitaria. Director del Trabajo de Fin de Grado de Logopedia: Dr. Francisco Javier Carricondo Orejana Laboratorio de Neurobiología de la Audición Dpto. de Inmunología, Oftalmología y Otorrinolaringología Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid Lucía Díaz García-Uceda Path Te puede interesar Noticias GN pone la primera piedra de su nueva sede en España, ubicada en el Parque Tecnológico de Leganés A fondo El sistema auditivo VI. Sistema vestibular. Noticias Beltone impulsa el papel de la audiología en ópticas y refuerza su vínculo con el sector en ExpoÓptica 2026 El experto Auracast ya está aquí; ¿qué opinan los usuarios sobre la conectividad? El experto Cómo abordar la rehabilitación de la hipoacusia generada por el AVD Noticias Beltone refuerza su compromiso con la audiología en ópticas durante ExpoÓptica 2026 Lo más visto El experto Impedanciometría A fondo Patologías del oído externo Consultorio profesional ¿Cómo realizar una audiometría ósea? El experto Interpretación clínica de Pruebas Supraliminares A fondo Otitis externas