Cuando pensamos en música, inevitablemente evocamos sonidos. Pero ¿y si te dijera que una melodía también puede verse, sentirse, e incluso bailarse, sin necesidad de oírla? Para muchas personas sordas o con hipoacusia, la música no es un lenguaje inaccesible, sino un territorio que se explora desde otras vías sensoriales: el cuerpo, la vista o las vibraciones. Bajo esta certeza, podemos hablar de la «música visual», donde el ritmo, el movimiento y la emoción, no necesitan acompañarse de decibelios.
Signmark, rapero finlandés sordo de nacimiento, conoce bien este tipo de música. Desde muy pequeño le gustaba «cantar» villancicos en lengua de signos y mostró un fuerte interés por la música pese a no poder oírla. Durante su juventud su afición fue en aumento gracias a los vídeos musicales de la MTV. En 2004 empezó a componer su propia música en lengua de signos y dos años después formó el grupo Signmark. Con sus vídeo-clips llenos de energía visual y sus letras comprometidas, ha demostrado que se puede rapear con las manos y transmitir fuerza poética sin hablar. Su trabajo desafía, sin duda, la idea tradicional de lo que significa «hacer música».
La transformación de la música en una experiencia visual y corporal no solo permite que las personas sordas se conecten con este arte, sino que también enriquece la forma en que todos podemos experimentarla.
Otro fenómeno de superación e interpretación alternativa de la música es Evelyn Glennie, quien perdió casi toda su audición a los 12 años. Glennie no solo toca instrumentos, los siente. Descalza sobre el escenario, percibe las vibraciones del tambor o el xilófono a través del suelo, del pecho o de las manos. Ha ofrecido conciertos en todo el mundo y ha colaborado con orquestas y bandas sonoras de toda índole, demostrando que el cuerpo entero puede convertirse en un canal auditivo.
Y estrechamente unido a la música encontramos el mundo de la danza, otra forma de vivir el sonido desde la vista. La compañía Deaf West Theatre, en Los Ángeles, ha revolucionado los musicales al incorporar actores sordos y oyentes en escena, creando coreografías que combinan lengua de signos con movimientos rítmicos perfectamente sincronizados con la música. El resultado: un espectáculo que se «escucha» a través de los ojos.
Esta transformación de la música en una experiencia visual y corporal no solo permite que las personas sordas se conecten con este arte, sino que también enriquece la forma en que todos —oyentes o no— podemos experimentarla. Porque la música no es solo un conjunto de sonidos, sino una forma de contar historias, de transmitir emociones y de conectar con los demás.




