El sistema vestibular, el gran ignorado

11/06/2024 | Comparte:
Autor/a: Myriam González
Según recientes estudios, el sistema vestibular tendría más relevancia de la que se le ha concedido hasta la fecha. Sabemos que es el encargado de regular el equilibrio y el movimiento, pero las últimas investigaciones han identificado una red vestibular cortical mucho más extensa que podría tener una influencia directa sobre las funciones neurocognitivas.

El sistema vestibular se compone de los órganos vestibulares periféricos en el oído interno y extensas proyecciones asociadas del sistema nervioso central. Su formación comienza aproximadamente en la tercera semana de gestación y se diferencia hacia la quinta semana, cuando se desarrollan utrículo, sáculo y canales semicirculares. El sistema empieza a funcionar antes del nacimiento, ya que durante el desarrollo fetal se han registrado respuestas a cambios de orientación y estímulos vestibulares.

Según recientes estudios, esta red vestibular está tan ampliamente extendida que podría influir en múltiples funciones neurocognitivas.

La información vestibular se ha considerado siempre como un input especializado para comportamientos básicos de orientación, como ajustes óculo-motores, control postural y orientación de la mirada. Sin embargo, en las últimas dos décadas, se ha identificado una red vestibular cortical mucho más amplia y generalizada, que va más allá de los circuitos reflejos de bajo nivel enfatizados por trabajos previos.

Según recientes estudios, dado que esta red vestibular está tan ampliamente extendida, podría, en principio, influir en múltiples funciones neurocognitivas.

Estas interacciones cognitivas incluyen la memoria, la atención, las imágenes mentales, la propiocepción e, incluso, la cognición social, es decir, aquellos procesos cognitivos y emocionales mediante los cuales interpretamos, analizamos, recordamos y empleamos la información sobre el mundo social.

Un interesante estudio desarrollado por Russo et al. (2024), relaciona la percepción rítmica vestibular, táctil y somatosensorial con el desarrollo del lenguaje en la infancia. Según los autores, las primeras experiencias rítmicas ocurren ya durante la gestación. De todas las modalidades sensoriales, parece claro que las percepciones táctil, vestibular y somatosensorial juegan un papel crucial en el desarrollo del procesamiento temprano, aunque se ha profundizado muy poco en su influencia en el progreso del lenguaje. Por este motivo, estos investigadores de la Universidad de Padua (Italia) evalúan la influencia de estas habilidades en la adquisición del lenguaje en una muestra de 45 niños con una media de edad de 1,8 años. La primera conclusión a la que llegan es que la percepción vestibular, táctil y somatosensorial experimenta cambios relacionados con la edad y con la estimulación del entorno (cultural). A partir de aquí, se estudia si estas aptitudes tienen alguna influencia en el desarrollo temprano de destrezas fonológicas y prosódicas, cuyas características se examinan registrando los cambios en el diámetro de la pupila ante diferentes tipos de estimulación. Los autores han encontrado una más que probable relación entre el rendimiento en las tareas rítmicas y en las tareas lingüísticas. Además, el estudio aporta evidencias de la relación entre el procesamiento del ritmo y el procesamiento musical y del lenguaje.

En otro estudio publicado en Alpha Psychiatry en 2023 se relaciona también la función vestibular con los «Trastornos Específicos de Aprendizaje», concluyendo que una inadecuada función vestibular se encuentra en el origen de algunos síntomas frecuentemente observados en los niños con este diagnóstico, como la inestabilidad postural, la falta de equilibrio o las alteraciones en la motricidad fina y gruesa.

Revisando la literatura sobre el tema, otros trabajos parecen relacionar la disfunción vestibular con trastornos psiquiátricos y un reciente meta-
análisis destaca la posible existencia de disfunciones vestibulares en niños con discapacidad intelectual, con déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastornos de espectro autista (TEA) y trastornos específicos de aprendizaje. Estudios de imagen realizados en humanos y animales han demostrado que la información vestibular alimenta las redes corticales que sirven a los sistemas viso-espaciales imprescindibles para el procesamiento, la memoria espacial e incluso las destrezas numéricas y que las disfunciones en estas conexiones neuronales podrían estar asociadas a una menor capacidad cognitiva.

La sintomatología de una disfunción vestibular puede tener diversas manifestaciones dependiendo de su etiología, la más característica es el vértigo con o sin nistagmo.

Paralelamente, la relación entre la disfunción vestibular y el deterioro cognitivo también ha sido objeto de estudio en los últimos años. Habilidades como la concentración y la memoria a corto plazo parecen tener relación, según los expertos, con patologías vestibulares de diversos tipos, especialmente en la tercera edad. Además, la vinculación entre la disfunción vestibular y la cognición conduce a nuevas áreas de investigación, dado que aún no está claro cómo se relacionan las disfunciones vestibulares y las disfunciones cognitivas.

Una disfunción en el sistema vestibular tiene un impacto significativo en la calidad de vida. Los estudios epidemiológicos han demostrado que más del 35% de las personas mayores de 40 años han experimentado problemas vestibulares en alguna ocasión.

Aunque los mecanismos exactos que vinculan el sistema vestibular con la cognición siguen siendo, como se ha mencionado, difíciles de describir, los investigadores han identificado varias vías. La disfunción vestibular puede conducir a la degeneración de las regiones de la red vestibular cortical y afectar negativamente a la plasticidad sináptica y la neurogénesis en el hipocampo, lo que en última instancia contribuye a la atrofia neuronal y la muerte celular, generando déficits de memoria y viso-espaciales. Además, el alcance del deterioro cognitivo varía según el tipo específico de enfermedad vestibular. 

Así las cosas, parece evidente que el sistema vestibular merece más atención de la que tradicionalmente se le ha concedido, tanto en lo relativo al diagnóstico de sus alteraciones, como a su rehabilitación. 

El diagnóstico de las alteraciones vestibulares incluye evaluaciones clínicas y pruebas especializadas, no sin antes realizar una completa anamnesis que debe incluir antecedentes personales y familiares, sintomatología y características de la misma (frecuencia de los episodios, duración y factores desencadenantes).

La sintomatología de una disfunción vestibular puede tener diversas manifestaciones dependiendo de su etiología. La más característica es el vértigo con o sin nistagmo. Se define típicamente como una sensación de movimiento de características rotacionales sostenida, que aumenta con los desplazamientos de la cabeza y asocia movimiento aparente del entorno visual. Los pacientes generalmente prefieren acostarse en la cama con los ojos cerrados. Puede tener un inicio abrupto o gradual, con duración variable de minutos a días, aunque el pico de máxima intensidad ocurre habitualmente dentro de las primeras veinticuatro horas. No suelen existir factores desencadenantes o síntomas que anticipen el cuadro, aunque algunos pacientes con patologías tipo Ménière son capaces de predecir el momento de aparición de las crisis. Esta sintomatología vestibular, por su conexión con el sistema nervioso autónomo, desencadena manifestaciones vegetativas como náuseas, vómitos, sudoración fría, palpitaciones, etc.

Otro de los síntomas propios de la disfunción vestibular es el desequilibrio postural y/o la inestabilidad en la marcha. El paciente sufre una deriva corporal global con tendencia a desplazar el cuerpo hacia el vestíbulo afecto (si es unilateral), con intentos de rectificación hacia el lado sano, tanto estática como dinámicamente. Se produce dificultad o imposibilidad para mantener el centro de gravedad del cuerpo dentro del área de estabilidad con los pies juntos. Sin embargo, puede mantener el equilibrio sentado o ponerse de pie sin ayuda con los pies separados, porque el cerebro aún puede utilizar la información visual y somatosensorial. Este desequilibrio es intenso en los primeros momentos y se corrige posteriormente, bien por recuperación del daño o por compensación central.

Asimismo, pueden presentarse síntomas perceptivos, como ilusiones de frenada o aceleración, o síndrome de desembarco.

Al margen de las exploraciones físicas pertinentes, es conveniente realizar pruebas de imagen, como la Resonancia Magnética o la Tomografía Axial Computerizada (TAC), y un estudio auditivo completo, para proceder a continuación a la evaluación específica de la función vestibular, realizando diferentes pruebas:

a) Pruebas físicas, para valorar la estabilidad del paciente: Test de Romberg, Test de los índices de Barany, Test de marcha simulada, etc.

b) Pruebas oculomotoras, como la Electronistagmografía (ENG), la Videonistagmografía (VNG) o el test de agitación cefálica, para medir los movimientos oculares involuntarios en respuesta a la estimulación vestibular.

c) Pruebas en sillón rotatorio.

 d) Pruebas calóricas, que consisten en introducir aire o agua a diferentes temperaturas en el conducto auditivo para estimular el oído interno y medir la respuesta en movimientos oculares.

d) Pruebas de posturografía dinámica computerizada, que evalúa la capacidad para mantener el equilibrio en diferentes condiciones (desplazamiento del fondo, movimiento de la base de apoyo, etc.).

e) Pruebas electrofisiológicas: VEMP (Potenciales Evocados Miogénicos Vestibulares), cuyo objetivo es evaluar y medir la función de los músculos y nervios relacionados con el equilibrio mediante respuestas musculares a los estímulos sonoros.

Habilidades como la concentración y la memoria a corto plazo parecen tener relación con patologías vestibulares de diversos tipos, especialmente en la tercera edad.

Dada la relación descrita en estos estudios entre el sistema vestibular y ciertas habilidades cognitivas, la detección de una disfunción vestibular debe conducir necesariamente a trabajar en su tratamiento y rehabilitación, con el doble objetivo de minimizar su sintomatología y reducir al máximo sus efectos colaterales en determinadas destrezas cognitivas.

Generalmente, la rehabilitación vestibular consta de una serie de ejercicios que deben realizarse en la clínica, con supervisión por parte del terapeuta, y completarse en casa, bajo la vigilancia de familiares o cuidadores en el caso de los niños o de pacientes de la tercera edad. La mayor parte de los especialistas recomiendan en los niños una rehabilitación activa que permita al sistema nervioso central obtener claves sensoriomotoras normales para regular la función vestibular y facilitar la plasticidad neural. Algunos ejemplos de estos ejercicios podrían ser caminar o rebotar sobre una pelota mientras se está sentado, bailar, caminar sobre piezas separadas (como cruzando un río), correr sorteando obstáculos, atravesar un «túnel» arrastrando el cuerpo o caminar sobre una barra de equilibrio. Todos estos ejercicios implican cierto riesgo de caídas en niños con un sistema vestibular disfuncional, por lo que el terapeuta deberá primero ejercitar reflejos de protección y reacciones anticipatorias. Esto puede practicarse, por ejemplo, haciendo al niño sentarse en una pelota y empujando la pelota para provocar una pérdida de equilibrio y una corrección de la postura.

De este modo, aunque el input del sistema vestibular no sea el adecuado, las percepciones somatosensoriales y las reacciones reflejas en situaciones predecibles pueden compensar y reducir el riesgo de caídas.

En lo relativo a la tercera edad, un estudio publicado por Ribeiro et al. (2023), arroja resultados que asocian mejoría en algunas habilidades cognitivas, e incluso en ciertos síntomas emocionales y depresivos, en pacientes que realizan rehabilitación vestibular. La particularidad de la rehabilitación en este grupo de edad es que se focaliza especialmente en evitar el riesgo de caídas, que constituye una de las mayores preocupaciones en esta población.

La rehabilitación vestibular consta de una serie de ejercicios que deben realizarse en la clínica, con la supervisión del terapeuta, y en casa, con la vigilancia de familiares o cuidadores.

Por lo demás, y considerando que los ejercicios deben ser más pausados que en los niños, las actividades de rehabilitación se programan con vistas a mejorar el equilibrio y la estabilidad, reducir la sintomatología vegetativa y aumentar la confianza en las actividades cotidianas y la coordinación en general. De este modo, ejercitar la fijación de la mirada en un punto cuando el cuerpo está en movimiento, caminar en diferentes superficies o realizar giros y cambios de dirección de la marcha, junto con una gran variedad de ejercicios que pueden programarse por ordenador, pueden contribuir a mejorar sensiblemente la función vestibular.

Como se ha comentado en el presente artículo, numerosos artículos publicados en la última década parecen reforzar la hipótesis del vínculo existente entre la función vestibular y la función cognitiva. Los mecanismos concretos de esta conexión aún deben ser estudiados en profundidad en el futuro. Lo que sí parece claro es que las implicaciones del sistema vestibular en las destrezas cognitivas son mayores de las que se le atribuían hace tan solo unas décadas y por tanto, su estudio, diagnóstico y rehabilitación debe ocupar un lugar preferente.


Bibliografía:

DEMIR, I., CENGIZ, D. U., DEMIR, A. Ç., ÇOLAK, S. C., BIRISIK, S. D., & ÖZCAN, Ö. Ö. (2023). Vestibular Evaluation of Children Diagnosed with Specific Learning Disorder. Alpha Psychiatry, 24(5), 211.

GONZALEZ-SANCHEZ, Myriam et al. (2021). Síntomas y signos de la hipofunción vestibular unilateral y bilateral. Rev. ORL [online]. 2020, vol.11, n.1 [citado 2024-05-05], pp.7-17. Disponible:<http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S244479862020000100002&lng=es&nrm=iso>. ISSN 2444-7986.  https://dx.doi.org/10.14201/orl.21625.

GUO, J., WANG, J., LIANG, P., TIAN, E., LIU, D., GUO, Z., … & ZHANG, S. (2024). Vestibular dysfunction leads.


Myriam González
Audióloga / Audioprotesista

CV Autor

Licenciada en Pedagogía y Máster de Logopedia.
Técnico Superior en Audiología Protésica.
Especializada en Audiología Infantil y Evaluación de los trastornos del PAC en RV Alfa Centros Auditivos.
Docente en el Máster de Audiología de la Universidad Europea Miguel de Cervantes

Publicado en:
GA #56

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La severidad de la hipoacusia asociada al AVD es muy variable, y puede manifestarse desde leve hasta profunda. Una particularidad en esta condición es su evolución, pudiendo permanecer estable o progresar de forma gradual o súbita a lo largo del tiempo. Diferentes estudios, como el de Gopen et al.2, concluyen que entre el 60% y el 70 % de los pacientes con AVD experimenta pérdida auditiva progresiva o episodios de pérdida súbita en los nueve años posteriores a su diagnóstico, mientras que solo el 30–40 % se mantiene estable a lo largo de este período. En este sentido, es muy importante entender que en el AVD puede aumentar el riesgo de un descenso súbito en la audición por factores como traumatismos craneales, cambios de presión, fiebre alta, exposición a ruidos intensos o infecciones respiratorias, aunque no siempre ocurre, especialmente en el caso de los traumatismos si estos son leves. Alrededor del 70 % de los pacientes con AVD experimenta pérdida auditiva progresiva o episodios de pérdida súbita en los nueve años posteriores a su diagnóstico. Los pacientes que han tenido fluctuaciones previas en la audición son más susceptibles de que ocurran nuevos episodios de pérdida. El tamaño del acueducto vestibular y del saco endolinfático no permite predecir cómo evolucionará la pérdida auditiva, aunque algunos estudios sugieren que los acueductos más grandes podrían asociarse a un mayor riesgo de empeoramiento progresivo. Es importante que los audiólogos conozcan que, a medida que progresa la pérdida auditiva, la capacidad de reconocer palabras suele disminuir, y que esta dificultad en la discriminación puede ser mayor a la esperada en comparación con otras hipoacusias con similar componente conductivo o mixto de origen en el oído medio y no coclear. Según las conclusiones de Wolf 1, no existen tratamientos quirúrgicos ni farmacológicos que hayan demostrado revertir la pérdida auditiva en el acueducto vestibular dilatado (AVD). Se han utilizado procedimientos como el «Shunt», consistente en drenar o derivar el exceso de líquido del saco endolinfático, la oclusión o el uso de corticosteroides, si bien no se han mostrado eficaces y en algunos casos, pueden empeorar la audición. Por ello, el manejo se centra en los síntomas y en mejorar la comunicación del paciente mediante audífonos, implantes cocleares, sistemas FM y estrategias de apoyo a la comunicación, como la ubicación preferencial en el aula y medidas que favorezcan la lectura labial. No existen tratamientos quirúrgicos ni farmacológicos que hayan demostrado revertir la pérdida auditiva en el acueducto vestibular dilatado (AVD). Como se ha dicho unas líneas más arriba, la pérdida auditiva en pacientes con acueducto vestibular dilatado puede ser conductiva, mixta o sensorioneural, y su evolución varía: puede mantenerse estable, fluctuar o empeorar de manera súbita. Es por ello muy importante ante este diagnóstico, utilizar todas las herramientas clínicas disponibles para poder diferenciar componentes conductivos de origen coclear de los relacionados con el oído medio. La vigilancia continua de la audición, el rendimiento de los audífonos y la programación de implantes cocleares es esencial cuando hay fluctuaciones. Además, dado que el EVA puede tener un componente genético, se recomienda también evaluar a otros miembros de la familia. Dado que la mayoría de las dificultades en el AVD no se originan en el oído medio, lo más recomendable es programar el audífono según la pérdida neurosensorial y evaluar el resultado mediante el feedback del paciente. En referencia a la programación de los audífonos, no existe una regla estricta sobre si usar los umbrales óseos o tratar la adaptación como pérdida neurosensorial, a pesar del eventual GAP. Dado que la mayoría de las dificultades en el AVD no se originan en el oído medio, lo más recomendable es programar el audífono según la pérdida neurosensorial y evaluar el resultado mediante retroalimentación y cuestionarios de validación al paciente, comprobaciones electroacústicas o pruebas verbales en cabina, ajustando la programación según la respuesta funcional del paciente. Por ello, en nuestra práctica, la rehabilitación de la hipoacusia generada por un AVD sugiere contemplar los siguientes aspectos: 1. Asesoramiento y educación familiar como un aspecto clave. • Informar a pacientes y familias sobre actividades que deben evitarse para prevenir la progresión de la pérdida auditiva, como deportes de contacto, golpes en la cabeza o cambios bruscos de presión. •  Explicar la naturaleza fluctuante de la EVA y la importancia del uso constante del audífono. 2. Plan de revisiones y seguimiento flexible. •  Establecer un calendario de controles auditivos que pueda adaptarse a las fluctuaciones auditivas del paciente. •  Permitir evaluaciones anticipadas si se detectan cambios en la audición entre citas programadas. •  Registrar las observaciones de la familia o del paciente sobre la audición y el comportamiento comunicativo para optimizar ajustes. 3. Selección de dispositivos versátiles dada la posibilidad de progresión. •  Elegir audífonos que permitan la modificación flexible de la ganancia (audífonos Rite con diferentes potencias de auricular) a cambios en la audición, evitando usar de entrada una ganancia muy alta que pueda ser perjudicial. •  Informar y formar a los pacientes para que puedan utilizar accesorios de conectividad y aplicaciones como apoyo en el manejo de las fluctuaciones. 4. Programación conservadora de la Máxima Presión de Salida (MPO). •  Ajustar la MPO con precaución debido a los posibles síntomas vestibulares asociados con AVD, evitando molestias y sobrecarga auditiva. 5. Diferenciación de causas de fluctuaciones. •  Considerar que a los síntomas producidos por el AVD pueden sumarse otros problemas típicos de oído medio (mucosidad, infecciones, tapones de cerumen). •  Realizar pruebas como timpanometría para diferenciar si la fluctuación se debe al AVD o a condiciones del oído medio. 6.  Ajustes de ventilación (venting). •  Tras seleccionar la ventilación según las características de la pérdida auditiva, es fundamental su verificación objetiva mediante mediciones en oído real (REM), asegurando que no se genere presión sonora inesperada. 7. Programación basada en pérdida neurosensorial. •  Aunque pueda existir un componente conductivo, se recomienda programar los audífonos considerando la pérdida neurosensorial, ajustando según la respuesta del paciente y las evaluaciones de desempeño auditivo. Puede ocurrir que en este tipo de condición finalmente sea necesario un implante coclear. En cuanto al resultado de esta intervención,  los niños con acueducto vestibular dilatado suelen obtener muy buenos resultados 3 si se implantan tempranamente y reciben el apoyo adecuado, incluso, cuando presentan pérdida auditiva profunda. En adultos, la duración del uso previo de audífonos puede influir en el rendimiento posoperatorio, afectando la adaptación y aprovechamiento del implante. Los niños con acueducto vestibular dilatado suelen obtener muy buenos resultados si se implantan tempranamente y reciben el apoyo adecuado, incluso, cuando presentan pérdida auditiva profunda. En conclusión, el conocimiento del Síndrome del Acueducto Vestibular Dilatado y la atención a las consideraciones clínicas asociadas es fundamental para un manejo adecuado de la rehabilitación auditiva de esta población, permitiendo abordar con confianza una patología no siempre bien conocida, así como tomar decisiones más precisas. Referencias: 1 Wolf, J. (s.f.). Advanced management of complex cases: Enlarged Vestibular Aqueduct. Audiology Online. https://www.audiologyonline.com 2 Gopen Q, Zhou G, Whittemore K, Kenna M. Enlarged vestibular aqueduct: review of controversial aspects. Laryngoscope. 2011 Sep;121(9):1971-8. doi: 10.1002/lary.22083. Epub 2011 Aug 16. PMID: 22024854. 3 Hura, N., Stewart, M., & Walsh, J. (2020). Progression of hearing loss and cochlear implantation in large vestibular aqueduct syndrome. International Journal of Pediatric Otorhinolaryngology, 135, 110133. https://doi.org/10.1016/j.ijporl.2020.110133

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El reto de la audiología pediátrica: muchos roles y una sola misión

Han pasado más de 20 años desde que la CODEPEH (Comisión para la Detección Precoz de la Hipoacusia), instaurara en España el cribado auditivo universal en neonatos. Desde entonces se ha recorrido un largo camino, los protocolos de evaluación se han agilizado y mejorado y la detección y el diagnóstico de la hipoacusia en los primeros meses de vida es una realidad desde hace unos años. Las implicaciones en la Audiología de tan notables avances son innegables; los otorrinos infantiles, los fabricantes de audífonos y los especialistas dedicados tradicionalmente a la Audiología protésica pediátrica, han tenido que formarse y emplearse a fondo para poder responder con celeridad y precisión a esta nueva demanda de amplificación y estimulación auditiva a edades tan tempranas. Pero el trabajo en Audiología pediátrica va mucho más allá de la evaluación auditiva y la ulterior adaptación de audífonos. Jace Wolfe, especialista en Audiología pediátrica, escribe en un reciente artículo publicado en el blog de audiología del fabricante de audífonos Phonak, sobre los muchos «sombreros» que el audiólogo pediátrico debe llevar, con el objetivo de proporcionar el mejor asesoramiento posible a la familia y de optimizar los resultados de la estimulación. Aunque la evidencia de que la Audiología pediátrica tiene muchas caras existe desde que se publicaron los primeros «manuales» de Audiología en niños, allá por los años 70 (inevitable acordarse, por ejemplo, de la primera edición de Hearing in Children de Northern, en 1974), está claro que la detección precoz ha hecho que muchas familias entren por primera vez en el mundo de la pérdida auditiva con sus bebés de tres o cuatro meses, con la ilusión de la nueva vida ensombrecida por el reciente hallazgo y con una absoluta y total incertidumbre hacia el futuro. Como numerosos estudios concluyen, alrededor del 95% de los niños que nacen con hipoacusia son hijos de padres oyentes, que nunca tuvieron contacto alguno con niños con pérdida auditiva, y que quizá toda su relación con este mundo se reduce a algún abuelo o abuela que ha llevado audífonos en sus últimos años de vida. Alrededor del 95% de los niños que nacen con hipoacusia son hijos de padres oyentes, que nunca tuvieron contacto alguno con niños con pérdida auditiva. Así, uno de nuestros «sombreros» más importantes como audiólogos pediátricos consiste en ser «proveedores de esperanza», y brindar a las familias confianza, información y seguridad hacia el futuro. Hoy día todos los que trabajamos en audiología sabemos los excelentes resultados que los niños obtienen en todas las áreas de desarrollo y socialización en las que la audición se encuentra implicada (lenguaje comprensivo y expresivo, aprendizaje escolar, relaciones personales y familiares, etc.), cuando se brindan los instrumentos necesarios en el momento adecuado, tanto en lo referente a dispositivos de amplificación como a estimulación auditiva y rehabilitación. Ambos instrumentos son imprescindibles e inseparables; solo la conjunción de ambos permitirá alcanzar óptimos resultados y normalizar al máximo la vida de estos niños, equiparando su evolución a la de otros niños normoyentes de su edad lo antes posible. Tal y como menciona Wolfe en el blog, numerosos estudios ratifican esta afirmación. Hutchings y Hogan, en su estudio de 2018, evaluaron las tasas de progreso de un grupo de niños de preescolar con diferentes grados de hipoacusia, con y sin necesidades educativas especiales, después de aplicar un programa individualizado «Auditivo Verbal». Los niños desarrollaron el programa entre 2007 y 2017. Las conclusiones de este estudio mostraron que, en general, el 79% de los niños de esta cohorte alcanzaron puntuaciones de lenguaje hablado apropiadas para su edad. La edad de intervención es un factor determinante, ya que afecta directamente a la plasticidad neuronal y al desarrollo del sistema auditivo y sus diferentes conexiones. Los niños con necesidades educativas especiales, que representaban el 40% de la muestra, alcanzaron un desarrollo menor al de los niños con hipoacusia únicamente, si bien uno de cada dos de los niños con necesidades educativas especiales alcanzó un nivel de lenguaje acorde a su edad al final de su programa individualizado. Partiendo de los resultados de su estudio, los autores concluyeron que garantizar que las familias tengan acceso a una intervención temprana eficaz aumenta las posibilidades de que se adopte un enfoque de comunicación adecuado lo antes posible y de que un niño con necesidades educativas especiales adquiera la capacidad de escuchar y hablar a un ritmo acorde con su potencial. En lo relativo a la edad de implantación o adaptación protésica, las conclusiones son idénticas; la edad de intervención es un factor determinante, ya que la plasticidad neuronal y por tanto los efectos de la hipoacusia en el desarrollo del sistema auditivo y sus diferentes conexiones, cambian drásticamente con la edad, y las consecuencias de una intervención tardía pueden ser devastadoras. La Dra. Oshinaga-Itano, profesora de niños con hipoacusia, audióloga e investigadora, lleva los últimos veinte años estudiando la importancia de la detección e intervención precoz. Para ella, es absolutamente crítico que la intervención se realice en los primeros seis meses de vida, para que los niños con hipoacusia congénita puedan alcanzar los hitos del lenguaje al mismo tiempo que sus pares normoyentes. Señala también que existe un período sensible en el desarrollo de la comunicación que requiere acceso al desarrollo del lenguaje en etapas tempranas de la vida. Aunque son muchos los factores que pueden condicionar la edad de intervención, es evidente que el sistema sanitario español cada vez se acerca más a estos estándares de excelencia. Actualmente, con algunas diferencias determinadas principalmente por el área geográfica de nacimiento, la gran mayoría de los niños diagnosticados con hipoacusia congénita son equipados antes de los seis meses. El tiempo de intervención puede dilatarse algo más en el caso de niños con otras patologías asociadas, especialmente si se trata de patologías graves, o con hipoacusias moderadas o con importante componente transmisivo que pueden dificultar el diagnóstico. Idealmente, según algunos autores, habría que «correr» un poco más, de modo que los niños con hipoacusia deberían tener adaptados sus audífonos a los tres meses y los implantes cocleares (cuando se considere necesario), como máximo entre los 6 y 9 meses. Es crítico que la intervención se realice en los primeros seis meses de vida para que los niños con hipoacusia congénita puedan alcanzar los hitos del lenguaje al mismo tiempo que sus pares normoyentes. Dado que está sobradamente demostrada la importancia de actuar cuanto antes con todo, nuestro papel consiste también en abordar estos temas con determinación cuando hablamos con las familias, especialmente cuando nos encontramos en tiempo «límite». En este sentido, podría decirse también, en palabras de Wolfe, que somos «constructores de cerebros». No es lo mismo hoy que mañana y no es lo mismo una sesión de rehabilitación auditiva a la semana que dos, o tres. En palabras de Carol Flexer, doctora en Audiología norteamericana de extraordinaria trayectoria profesional (la primera persona a la que escuché decir en una conferencia que «oímos con el cerebro») y autora de varias publicaciones sobre Audiología pediátrica, la pérdida auditiva es una «emergencia para el neurodesarrollo». En este sentido, las investigaciones mencionadas en el blog señalan que: — Las áreas cerebrales encargadas del lenguaje hablado se desarrollan durante el primer año de vida. — Hacia el final del primer año, cuando falta la estimulación auditiva, se produce una importante reducción de las sinapsis en las áreas auditivas del cerebro. La privación auditiva durante el primer o segundo año puede provocar cambios irreparables en las redes del lenguaje hablado. — Si los adultos que cuidan a los niños hablan de forma clara e inteligible, se desarrollan redes neuronales que optimizan las habilidades de lenguaje expresivo y lectura. En esta primera etapa tan esencial para el desarrollo, sin llegar a la saturación, podría decirse que «más es mejor», sin perder de vista el bien llamado «aprendizaje incidental», tan importante en este período, que se produce en situaciones no estructuradas de aprendizaje. Las familias tienen que conocer las claves para generar en la vida diaria entornos en los que este aprendizaje incidental pueda producirse y aprovechar al máximo estas oportunidades espontáneas de adquisición de conocimiento. Es vital que transmitamos a las familias la conexión que existe entre estas experiencias auditivas tempranas y el desarrollo del cerebro. Dice Wolfe que otro de nuestros sombreros (¡qué gran responsabilidad!), es ser catalizadores de sueños. De la misma forma que los buenos profesores son catalizadores de conocimiento cuando generan en sus alumnos la curiosidad o el interés por aprender, los audiólogos pediátricos somos catalizadores de sueños (de los niños y de sus familias), cuando favorecemos las condiciones para que alcancen un adecuado desarrollo del lenguaje comprensivo y expresivo. Según los interesantísimos estudios de Moeller y Tomblin (2015), nuestra responsabilidad como catalizadores de sueños es mucho mayor de lo que pensamos. Basta con leer sus conclusiones: — Los niños con pérdida auditiva de leve a severa/profunda corren el riesgo de sufrir un desarrollo del lenguaje insuficiente y la probabilidad aumenta cuando la hipoacusia es mayor y no está convenientemente equipada. — La adaptación de audífonos correctamente programados reduce el riesgo y brinda cierto grado de protección contra el retraso del lenguaje. Una mayor audibilidad con audífonos se asocia con mejores resultados en el lenguaje en edad preescolar. — Una proporción sustancial (más de la mitad) de los audífonos de los niños no se ajustan de manera óptima, lo que afecta negativamente a la audibilidad asistida. — La adaptación precoz de audífonos facilita mejores resultados en las primeras adquisiciones lingüísticas, pero los niños adecuadamente adaptados más tarde, presentan patrones de crecimiento acelerado en el lenguaje cuando dicha adaptación se lleva a efecto. La adaptación de audífonos correctamente programados brinda cierto grado de protección contra el retraso del lenguaje en edad preescolar. — El uso continuado de audífonos proporciona cierta protección contra el retraso del lenguaje y favorece el desarrollo auditivo. — Las dimensiones cualitativas de la intervención de los especialistas (audiólogos y logopedas) influyen en los resultados del lenguaje del niño. — Tanto el nivel de lenguaje receptivo como la audibilidad asistida influyen en las habilidades funcionales auditivas y de reconocimiento del habla de los niños. — Los niños con dificultades auditivas parecen tener un riesgo particular de sufrir retrasos en los aspectos estructurales, es decir, formales, del lenguaje. — La valoración fundamentada exclusivamente en puntuaciones normativas puede sobrestimar (yo diría que también subestimar) los resultados de los niños con dificultades auditivas. — Según las conclusiones de este estudio, los ajustes y prestaciones de la audibilidad asistida, el uso regular de los audífonos y las características del entorno lingüístico interactúan para moderar la influencia de la pérdida auditiva en los resultados de los niños. Es, por tanto, nuestra responsabilidad estudiar con detenimiento cada caso de hipoacusia infantil, valorar la adaptación protésica más adecuada, tanto en capacidad de amplificación como en formato y prestaciones, y utilizar todos los recursos a nuestro alcance para proporcionar una amplificación óptima: evaluación auditiva exhaustiva, tonal y verbal, método prescriptivo apropiado, medidas de la amplificación en oído real o en caja, valoración funcional de la ayuda proporcionada, seguimiento de la adaptación, etc. En lo relativo a nuestro papel en la adaptación, Wolfe hace referencia al cuarto y último de nuestros «sombreros»: el de coaches o mentores. No podemos eludir la enorme responsabilidad que tenemos a la hora de instruir a las familias sobre el adecuado uso de los audífonos. Son importantes las cuestiones prácticas de manejo y colocación, de limpieza, de cambio de pilas o recarga de baterías. También es conveniente orientarles sobre las ayudas técnicas de las que pueden disponer y que consideramos adecuadas en cada caso, así como de los procedimientos para acceder a ellas. Las familias tienen que conocer las claves para generar en la vida diaria entornos en los que el aprendizaje incidental pueda producirse y aprovechar al máximo estas oportunidades. Pero cuando Wolfe habla de mentores y coaches se refiere principalmente al compromiso de inculcar a los padres la absoluta necesidad de usar los audífonos de forma continuada y de generar, como hemos visto anteriormente, situaciones facilitadoras de aprendizaje. Señala la trascendencia de que los familiares hablen, canten, lean cuentos y jueguen con los niños desde el primer minuto, de que narren -como si fueran los comentaristas de un partido- las actividades cotidianas que realizan con ellos. Según sus propias palabras, el lenguaje hablado es el «nutriente» que mejor alimenta el desarrollo del cerebro, y hablar, cantar, leer y jugar son las mejores maneras de desarrollar los cerebros de los pequeños. Los audiólogos pediátricos somos catalizadores de sueños cuando favorecemos las condiciones para que estos niños alcancen un adecuado desarrollo del lenguaje comprensivo y expresivo. Una vez revisados todos estos aspectos, a nadie se le escapa que ser audiólogo pediátrico es una tarea compleja; no hay que tenerle miedo, pero hay que formarse bien y, a la vista de lo expuesto anteriormente, ser muy conscientes de lo que tenemos entre manos. Nuestros «sombreros» no solo son importantes para garantizar el desarrollo auditivo de los niños, sino también para abrirles las puertas a un futuro lleno de posibilidades, comunicación y calidad de vida. Este artículo es una adaptación personal de: https://audiologyblog.phonakpro.com/the-many-hats-pediatric-audiologists-must-wear/ Para saber más: Burigo, L. S. P., Quialheiro, A., de Paiva, K. M., dos Santos, T. V., Woide, L. K., Cigana, L. B., Massignani, J., & Haas, P. (2024). Hearing and Language Skills in Children Using Hearing Aids: Experimental Intervention Study. Journal of Personalized Medicine, 14(4), 372. https://doi.org/10.3390/jpm14040372 Moeller, M. P., Tomblin, J. B., & OCHL Collaboration (2015). Epilogue: Conclusions and Implications for Research and Practice. Ear and hearing, 36 Suppl 1(0 1), 92S–8S. https://doi.org/10.1097/AUD.0000000000000214. Sahli, a. s. (2024). Cochlear implantation in children with hearingloss. Current Research in Medicine and Health Sciences-2024, 57. Werker, J. F., & Hensch, T. K. (2015). Critical periods in speech perception: New directions. Annual Review of Psychology, 66, 173–196. https://doi.org/10.1146/annurev-psych-010814-015104 Yoshinaga-Itano C. (2003). From Screening to Early Identification and Intervention: DiscoveringPredictors to Successful Outcomes for ChildrenWith Significant Hearing Loss. Journal of deafstudies and deafeducation, 8(1), 11–30. https://doi.org/10.1093/deafed/8.1.11 Myriam GonzálezAudióloga / Audioprotesista CV autor: Licenciada en Pedagogía y Máster de Logopedia. Técnico Superior en Audiología Protésica.   Especializada en Audiología Infantil y Evaluación de los trastornos del PAC en RV Alfa Centros Auditivos.  
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